Basilio Sánchez


Crítica de He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes

Piedad Bonnett, texto de la contracubierta:

He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes es un libro de gran unidad y consistencia que con aliento místico nos invita a reencontrarnos con el mundo de lo natural, anterior, como dice el poeta, al tiempo del recelo, de la desconfianza. Partiendo de una mirada contemplativa, el libro se detiene en la humildad de lo pequeño, en sus fulgores y revelaciones, pero también exalta el misterio del origen, de lo inmenso, y la labor tesonera del poeta, que no es un iluminado sino un artesano de la palabra. Esta austeridad que el poeta busca no está exenta, sin embargo, de sensualidad, de imágenes teñidas de colores, sonidos y sensaciones. La suya es una poesía sutil, serena, sin estridencias, que propone una utopía que es también una ética: consustanciarse con el todo. Este libro reafirma la poesía como acto de fe, como un camino de vuelta a lo esencial, a lo que aun callando se revela.


Luis María Ansón: Basilio Sánchez hereda un nogal sobre la tumba de los reyes. El Cultural de El Mundo, 26/04/2019

https://elcultural.com/revista/opinion/Basilio-Sanchez-hereda-un-nogal-sobre-la-tumba-de-los-reyes/42251

Basilio Sánchez reflexiona en medio centenar de poemas acerca de la sencilla grandeza de las cosas cotidianas. El poeta construye sus versos sobre las ruinas del agua, sobre las brasas de la reflexión, escribiendo entre las flores rojas del cilantro. Ama la austeridad y apenas sabe qué hacer con el silencio. Se siente el escritor abandonado por las estrellas. Gota de agua en el hueco de una concha, aún puede reflejar la incógnita del hombre en el universo, no saber adónde vamos ni de dónde venimos.

Busca entonces el escritor las palomas dormidas entre las grietas y cae genuflexo ante las dos cerezas rojas con las que ilumina el mundo. Para Basilio Sánchez la poesía es el oficio del espíritu, siempre asistido por el silencio. En su ventana se acurruca como un pájaro enfermo la memoria del sol. Sabe que ha heredado el árbol de la vida sobre el reguero de los dioses. Elige entonces descalzarse en el umbral del desierto. La soledad le revela lo pequeños que somos y que el valor verdadero está en las cosas sencillas. La zozobra transporta el centelleo precario del espíritu en el amanecer de los sentidos. Y conquistada la soledad, abre de par en par las puertas del silencio.

Escribo estas líneas con los propios versos de Basilio Sánchez en su libro premiado con el Loewe, He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes, en Visor. Conmociona la profundidad de la palabra del poeta. Emociona su aliento lírico, la musicalidad de su rima libre, la soledad sonora de sus endecasílabos. Estamos ante un poeta de rara originalidad, tal vez con resonancias machadianas vertebradas por los poemas de la consumación de Vicente Aleixandre. Escucha Sánchez los pequeños sonidos de las cosas y sus escarchas secretas. El silencio es para él un océano en calma. En el hilo transparente de sus versos beben las abubillas y los cárabos. Piensa que nadie sabe estar en el mundo, que vivimos en una ciudad en ruinas, entre la extensa escombrera de los desaparecidos. El camino oscuro de los hombres es el dogal de la pena que lleva hasta las casas la cosecha del hambre. Solo los peces conocen la palabra silenciosa del poeta, el lenguaje del mar, las cimas azules del sentido, la música callada de Juan de la Cruz, la profundidad de la noche, el cielo sin estrellas. Como un pájaro ciego sostiene el poeta la luz del mediodía mientras levanta los estandartes rojos del crepúsculo.

Basilio Sánchez vuela a la cima del monte armenio Ararat, cubierto de nieve perpetua, allí donde reposó el arca, pero regresa como la paloma sin sorber una sola gota de agua del diluvio. Las sombras perfumadas, las azules espesuras, los musgos transparentes iluminan el sueño en penumbra de las cosas, el pensamiento de la luz. El río lo recibe cuando retorna a su lado mientras un escalofrío incierto zarandea su vida. El poeta carece ya de razones para engañar al corazón. Escribe poemas porque quiere sentirse vivo. El verso ha movido la piedra que le impedía entrar en la gruta de la resurrección. Apenas es capaz de escuchar el sonido de la página en blanco, entre el temor y el temblor. Ha aprendido a convivir con las ruinas de la inteligencia, escribiendo sus versos sobre la tierra amarga porque un libro de poemas es el campo arrasado por el viento que permanece repleto de semillas. Si el humo ha ennegrecido las bóvedas de la vida, el olor del incienso iluminó los arcos de piedra de sus naves.

Siente el poeta la vibración telúrica de la existencia, arroja la manzana de Newton sobre la fuente de los pájaros que vuelan a la región donde nada se olvida. Retorna entonces al hervor silencioso de la nada, a los cielos sin luna, a la inminencia de las casualidades y los astros, en la noche serena con llama que consume y no da pena. “Que nadie lo miraba, Aminadab tampoco parecía, y el cerco sosegaba, y la caballería a vista de las aguas descendía”.


Túa Blesa: He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes. El Cultural, 8/3/2019.

https://elcultural.com/revista/letras/He-heredado-un-nogal-sobre-la-tumba-de-los-reyes/42063

Desde A este lado del alba, el primer libro de Basilio Sánchez (Cáceres, 1958) publicado en 1984, a este He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes hay una unidad profunda en su obra poética, el presupuesto de que, más allá de la relación con las cosas, exista la posibilidad de trascenderlas para establecer otro vínculo con ellas, con el mundo, un vínculo que se nombra como lo sagrado, término que no falta en este nuevo libro: "Acercarnos con afecto a las cosas / permite intimar con lo sagrado / que permanece en ellas". Esta idea lo hace conectar con la poesía de Hölderlin, Wallace Stevens o René Char y, entre los poetas de la tradición hispana con Claudio Rodríguez o Colinas, por nombrar unos pocos y, por supuesto, en cada caso con sus características particulares. Viene a acercarse esa visión de la poesía a lo que María Zambrano nombró como "razón poética", un oxímoron para algunos pero que expresa bien cómo Razón y Poesía no son discursos distintos y distantes, sino que se exigen para un modo de conocimiento que ha de superar a ambos y que se abriría al ser.

Los poemas de Sánchez se sitúan, así, en la poesía del conocimiento, una de las tradiciones más fructíferas, si es que no la más, un discurso que no pretende decir lo que hay, lo que se ofrece a la vista y el resto de los sentidos, sino que trata de sobrepasar esos límites, de servir de apertura al ser, para decirlo casi al modo de Heidegger.

Pero, como ya se ha insinuado, lo metafísico de esta poesía -todavía no he dicho que de excelente calidad, lo digo ahora- arranca de la vivencia de la realidad, de la contemplación de las cosas mismas y, así se afirma aquí, son ellas las que dictan el poema: "En la ventana arde / la lámpara de cobre / de la que se desprenden las palabras", y la cita invita a llamar la atención sobre la poderosa función de lo lumínico en esta poesía, la luz que es, al fin, una metáfora del conocimiento.

Y ¿qué imponen las cosas al decir del poeta? Los versos que suceden a los citados dan la respuesta rotunda y clara: "Lo conocido excava / una puerta en el muro de lo desconocido." Y estos versos a su vez son una nueva invitación a señalar cómo los poemas de Sánchez se deslizan con toda naturalidad a la reflexión de la experiencia poética y el quehacer del poeta.

¿Visión particular de la poesía y del ser? Cómo no habría de serlo. Aunque han quedado nombrados algunos de los poetas con los que coincide, esta escritura poética es universal: la mano, dice, "guarda en su interior una palabra / que arderá para todos" y unos versos más adelante el poeta se vacía en un espacio que "me deja a veces / escuchar en silencio el murmullo de la especie".

El poeta da ese murmullo, la voz metafísica, a la lectura con economía de medios. Por supuesto, con musicalidad, expresión de la armonía, la vieja y nunca olvidada armonía cósmica, la del tiempo comprimido en un instante, la de la conciliación de las cosas, tan diferentes, en la unidad del ser. Poemas de léxico sencillo, de sintaxis clara, que sirven bien para desentrañar lo secreto, para desvelar el misterio -secreto y misterio son voces del libro-. Palabra propia la de Basilio Sánchez, si bien la poesía, como reflexiona en uno de los poemas, "es una forma / de sentirte tú mismo siendo otro / de asumir la existencia de los otros / como si fuese tuya", un ejercicio de enajenación apropiada que habla de cómo lo íntimo, dicho poéticamente, se ofrece a ser compartido, que muestra, en definitiva ,el valor ético de esta escritura.

Libro espléndido este, como los son los anteriores de este poeta, cuya obra ha tenido el orgullo de recibir diversos premios, aunque el mejor reconocimiento posible es el de la lectura, a la que desde aquí se invita con vehemencia. ¿Quién se resistirá a estos poemas que son todo un regalo?

El lenguaje
te obliga a decir bien lo que has oído
de la brizna de hierba,
lo que intuyes de la gota de ámbar,
lo que no has comprendido de la vida.

Escribir un poema
supone, de algún modo, regresar
otra vez al principio,
al hervor silencioso de la nada,
al caldo primigenio
y a los cielos sin luna, a la inminencia
de las casualidades y los astros.

De la fricción continua
de una rama con otra brota el fuego
que ilumina la gruta
y hace brillar los ojos de los hombres
congregados en su noche perpetua.

El sonido de la página en blanco
es el de un hueso golpeado contra una piedra.


Nuria Azancot: Entrevista a Basilio Sánchez. “La poesía es un mensaje en la pared de una gruta”. El Cultural 11/3/2019

https://www.elcultural.com/noticias/letras/Basilio-Sanchez-La-poesia-es-un-mensaje-en-la-pared-de-una-gruta/13149

Acostumbrado a tratar el dolor ajeno -es médico de cuidados intensivos-, Basilio Sánchez (Cáceres, 1958) es uno de esos poetas secretos que vuelcan en versos de aparente sencillez la angustia de vivir un mundo pulcro pero insufrible. Su último libro, He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes, conquistó el XXXXI Premio Loewe y ve la luz estos días.

Abrumado pero feliz, el poeta intuye lo que le espera: recitales, entrevistas, presentaciones. Más visibilidad y nuevos, inesperados lectores. “Desde luego. Nuestra época, con su despliegue de ofertas para el ocio y la dispersión, no favorece la lectura, y menos la de poesía, que requiere esfuerzo, una inmersión en la profundidad. Pero siempre habrá lectores, porque la poesía, como se ha dicho, se dirige a quienes salen a recibirla, gusta a quienes ya han decidido quererla. La poesía es un mensaje en la pared de una gruta, una nota a propósito para los que se pierden en la noche, para los que no tienen un lugar como propio. Hacia ellos va dirigida mi poesía, ellos son los lectores que me interesan”.

Pregunta. ¿Qué significa He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes en el conjunto de su obra?

Respuesta. Utilizando una imagen del poeta peruano Eduardo Chirinos, percibo mis libros como planetas solitarios que giran alrededor de su propio eje, pero sometidos todos a unas mismas leyes de movimiento, a un orden cosmológico superior que no es otro que la idea que yo tengo de la poesía. Concibo la creación poética como una especie de diario del espíritu, como una forma de anotar y de poner en relación la vida de uno mismo con el mundo que nos rodea tal y como el poeta consigue percibirlo a lo largo de las diferentes etapas por las que va pasando. He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes es una expresión más, sin duda incompleta, pero reveladora, de mi forma de decir y de vivir en el tiempo. En lo formal, es un paso más hacia la naturalidad y la transparencia.

P. ¿Y en relación con su libro anterior, Esperando las noticias del agua?

R. Esperando las noticias del agua recoge, por su cercanía en el tiempo, muchas de mis inquietudes vitales y literarias actuales. Entre ellas, mi preocupación por el hecho de que el positivismo deshumanizado y la transformación de los valores nos hayan dejado en herencia una sociedad más pulcra en lo material, pero enormemente pobre en lo espiritual; una forma de vida en la que la riqueza, la comodidad y la complacencia hedonista se han acabado pagando, como decía Tolstoi, con sordidez moral. En ambos libros prevalece la idea de que la resistencia activa de carácter moral es lo único que nos puede ayudar a superar las inclemencias de una época que en muchos de sus aspectos esenciales adolece de inanición y de sequía; que el acuerdo entre nosotros y nuestra vida -entre el actor y su escenario, como escribió Camus-, es lo único que puede hacer posible la viabilidad de nuestro futuro.

P. ¿Cuánto hay de autorretrato en estos versos?

R. Bastante, pero no porque lo haya buscado expresamente, sino porque la imagen que la escritura forma de uno mismo se construye, al estilo de Borges, por acumulación: el poeta va poblando un espacio con árboles, paisajes, intuiciones, fulgores y recuerdos y, al cabo de los años, todo eso no es más que un laberinto cuyas líneas trazan la imagen de su rostro. Yo escribo, además, desde la experiencia en el sentido de que es poesía de la vida, poesía que acompaña a la vida para confortarla, trascenderla y transformarla. En poesía la verdad debe estar, como mínimo, a la altura de la belleza.

P. ¿Qué le deben estos versos a otros poetas contemporáneos, como Eloy Sánchez Rosillo o Álvaro Valverde?

R. Creo que mis versos comparten con los suyos, además de la búsqueda de la esencialidad y la sencillez, una misma visión humanista de la vida, una forma de entender la escritura que arraiga en la poesía meditativa y que pretende conciliar en el poema el pensamiento con la imagen y el sentimiento con la ética.

P. ¿En qué tradición poética se inscribe, y a quiénes lee?

R. Podría ser en la poesía del fervor, como la llamaría el poeta polaco Adam Zagajewski, o en la poesía del entusiasmo, como querría Hölderlin. En cualquier caso, me inscribo en la poesía que, consciente de la realidad en que la vive, y comprometida con ella, es capaz de sobreponerse al agotamiento y desengaño de nuestro tiempo. De formación ecléctica, he leído a poetas de muy diversas tendencias y regiones. Entre los que más me han interesado están Aleixandre, Machado, Cernuda, Rilke, Brines, Colinas, John Berger, Wallace Stevens, Brodsky, Jacottet, Edmon Jabès, René Char, Paul Celan, Valente, Milosz, Eugénio de Andrade, Pessoa, Pavese, Octavio Paz o Roberto Juarroz.

P. Escribe: "El poeta es el hombre arrodillado". ¿Ante qué, por qué?

R. El poeta sólo se arrodilla ante sí mismo, es una forma de recogimiento y de búsqueda del centro. Una actitud de escucha que en todas las religiones -y también fuera de ellas- ha sido utilizada como cauce para el conocimiento gratuito y maravillado del mundo. También es una forma de expresar la humildad con la que uno debe afrontar la escritura y su propia vida. Ya se sabe lo que decía Heidegger: "El hombre no es señor del universo, sino el pastor del ser".

P. ¿Y ante el poder? ¿cuál debe ser la actitud de un poeta?

R. Ante el poder siempre hay que mantenerse erguido y sonreír. Eso es, al menos, lo que aprendí de Lanza del Vasto, poeta, filósofo y activista de la no violencia al que pude conocer personalmente y cuyo libro, Umbral de la vida interior, me ayudó a superar los desvaríos de la edad en mis años de estudiante de medicina.

P. "Acercarnos con afecto a las cosas nos permite intimar con lo sagrado": ¿Es la única salida ante el vértigo cotidiano?

R. En un poema he escrito: "La idea de lo sagrado es lo completo, lo que no ha sido nunca circunscrito, lo que nos une al todo y a la nada, ese núcleo infinito, silencioso, del que manan las posibilidades". Yo creo que esa concepción de lo sagrado constituye la esencia de lo que nos rodea y descubrirlo requiere de nosotros atención y perseverancia. Ante el vértigo de nuestra existencia cotidiana no hay otra salida que devolverle a la vida lo que es suyo: la sombra a la semilla, la comida a los pájaros, el consuelo de unas pocas palabras a lo que no lo tiene.

P. Como dicen sus versos, el universo, vienen de "la sustancia de la tierra", sin olvidar la trascendencia... ¿no es una apuesta arriesgada en estos tiempos de ripios y ciberpoesía?

R. Una poesía que asume una conciencia humanista de la existencia, que intenta situar al individuo en armonía con su entorno y que, al margen de honores y beneficios, no ambiciona otra cosa que la obra bien hecha, de algún modo cuestiona la forma de vida que tenemos y subvierte muchos de los valores de nuestras sociedades actuales. Con las redes sociales los mapas se han modificado, la geografía ha desaparecido: ya no existen escritores periféricos, sólo escritores desconectados. Leer poesía ya no es un problema ni económico ni de latitudes, y esto es bueno, pero añoro, por encima de todo, la vigencia de unas relaciones personales en las que el tacto, la mirada y el tono de la voz les confieran a las palabras el sentido que les corresponde. También, frente a la inmediatez y fugacidad de mucha de la poesía que se escribe ahora mismo, echo de menos la escritura que se hace lentamente, la que exige atención, la que demanda esfuerzo.

P. ¿Sabe ya "qué hacer con el silencio"? ¿A qué creadores y por qué les recomendaría callar?

R. Es posible que sólo los místicos hayan conseguido hacer del silencio su ciudad en la tierra. Yo me conformo con poder escuchar, de vez en cuando, en el silencio de un poema, la música secreta de las cosas. El creador verdadero sabe por sí mismo cuándo tiene que callar, porque sólo en el silencio puede llegar a ser quien es.

P. ¿Y a los políticos que sólo se acuerdan de la cultura cuando se acercan las elecciones?

R. En sociedades en gran parte deshumanizadas como la nuestra, a los políticos se les exige lo mismo que a los artistas: que puedan devolvernos a un estado de convivencia con lo que nos rodea que asegure nuestro futuro y nos permita recuperar para el presente el sentido perdido de las cosas. La cultura, que es indisociable de la conciencia ética, es la que impulsa, con la ayuda del silencio creador, las grandes transformaciones de la humanidad. El resto es griterío que se disuelve en nada.

P. ¿Cómo se admite que uno "ya no tiene razones para engañar al corazón"? ¿Y, sobre todo, cómo se llega a esa verdad infinita?

R. A todos nos llega una edad en la que empezamos a desprendernos de lo que hemos sido. Lo que era expectativa, conjetura, se convierte, para bien o para mal, en la realidad de lo que somos. Llegado ese momento, uno adquiere la doble certeza de saber que está solo frente a su propia vida y que, por ese motivo, ya no tiene razones para engañarse. Pero ésta es una verdad que se adquiere con los años.

P. Escribe también: "la soledad se gana, se defiende, uno lucha por ella mientras le quedan fuerzas" ¿Cuál es su secreto, qué debe uno hacer o leer para iniciarse?

R. Uno escribe cuando puede y cuando le dejan, no siempre cuando quiere. Los momentos de escritura tenemos que buscarlos como espigadores, agachándonos un momento en medio de la multitud. Igual que la escritura, la vida también nos pide que desaparezcamos, que retomemos los asuntos que tenemos pendientes con nosotros mismos y que disfrutemos del recogimiento que nos hace crecer. En mi libro en prosa La creación del sentido decía que la individualidad es la tierra fecunda en la que hunde sus raíces nuestra capacidad de convivencia. Y sigo estando de acuerdo. La opción de estar solo ha de tener también su dignidad.


Asunción Escribano: He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes, de Basilio Sánchez. Salamancaaldia.es 15/3/2019

https://salamancartvaldia.es/not/203981/asuncion-escribano-analiza-poemario-basilio-sanchez-gano-premio/

En un poema con el que se presenta líricamente en su espacio web, Basilio Sánchez escribe que es el hombre quien “para guarecerse/ necesita los nombres de todos los que ha sido, /recordar las palabras con las que cada día/ ha vivido o ha muerto.” Y eso es exactamente lo que hace en su último poemario, ‘He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes’, ganador del último Premio Loewe, recordar y reescribir los nombres y las palabras que le constituyen y le han hecho ser. En este sentido es significativo y simbólico el último verso de la obra: “Las palabras son mi forma de ser”.

El libro se estructura en tres partes y una coda final, encabezada cada una con un título largo y sorprendente, tomado del verso final del último poema de la parte anterior (excepto la primera, que lo toma de un poema contenido en ella), que se van engarzando a modo de argollas de una cadena, conformando, de este modo, un libro perfectamente unitario en forma y en fondo.

Se abordan en él temas esenciales con una voz muy pura, con un equilibrio muy logrado entre la contención expresiva y la dicción profundamente emocional. El primer poema ya establece la manera de mirar y de decir. En él, un árbol lanza al mundo su fragancia, antes incluso de percibirse el fulgor de sus hojas, se hace aroma: “un aroma incesante/ subiendo por las médulas/ hasta las nervaduras de las hojas”, y el lector se pregunta, entonces, si ese aroma está fuera o dentro de los ojos del sujeto lírico, porque en su avance, el texto exclama reconociendo agradecido: “Sobre la intimidad de lo que existe,/ sobre el mundo/ que ahora empiezo de pronto a percibir,/ va pasando en silencio,/ iluminando el suelo en penumbra de las cosas,/ el pensamiento de la luz.” El pensamiento de la luz, sintagma con el que finaliza este primer poema sitúa a los lectores ante la actitud de la escritura y de la vida: la mente captando y transformando las cosas desde dentro. intimidad de fragancia, de iluminación que viaja de fuera adentro y también en el sentido contrario. La luz como horizonte implorado: “yo mendigo la luz”, escribe al finalizar el libro. Del pensamiento al espíritu, en un profundo viaje de 81 páginas. Una maravilla de libro.

Paisaje interior, por tanto, como primer desgarro. Mirada que sabe contemplar y extraer de la rutina los destellos en la malla de lo cotidiano y, también, rescatar en él todos sus milagros: “En un vuelo rasante/ un pájaro acaricia con su vientre/ el penacho amarillo de una espiga”. Un suceso aparentemente intrascendente, repetido cada día, el vuelo de un pájaro o una hoja que brilla con la lluvia, se vuelven resplandores que iluminan lo real y, por ello, merecen ser nombrados, rescatados de su sombra y guardados en el cesto de las palabras, para poder decir a partir de ellos que “la realidad es un relámpago que persiste”.

La palabra y la reflexión sobre la escritura ocupan un lugar relevante en el poemario, y lo sujetan, como si fueran hilos transparentes, flotando -casi- sobre el aire. Reflejan el estado de espera anterior al decir, anterior incluso al contemplar. Se sitúan fuera del tiempo, en el palpitar íntimo que sale al encuentro de lo que ha de venir: “El corazón no sabe/ que algo dentro de él, calladamente,/ se prepara en secreto.” El poeta se detiene, y comparte en su demora la cualidad de lo que es realidad y también de su admiración. Hay mucho de sacral en la escritura de Basilio Sánchez, que se manifiesta siempre humilde, como puede verse en el poema en el que el dibujo de un hombre arrodillado en un muro de un retablo derruido, con una preciosa simetría textual, hace concluir al escritor: “El poeta es el hombre arrodillado./ El poeta es el hombre que lo pinta.”

El sujeto lírico tiene conciencia de que para poder decir acertadamente es necesario estar aislado, y ese aislamiento también puede ser una desgarradura, un estar como “una isla en medio del océano”, o como “una flor plantada en la llanura del mundo”. Así se encuentra el hombre y así, también, el escritor: “no hay ningún escritor/ que no se sienta abandonado por las estrellas”. Qué hermosura de versos. Conciencia y unidad. El oficio de poeta tiene mucho de abandono: “Cuando escribo/ paseo con un ángel/ arrojado innecesariamente del paraíso”. Todo lo donado le parece grande a quien se siente pequeño y desconcertado ante las gracias que le regala el mundo. Con un balbuceo anafórico, igual que el de nuestros místicos, confiesa el poeta: no sé qué hacer con el silencio”, “no sé qué hacer con la ternura que me inspiran los pájaros”.

Hay una metáfora estructural que subyace a la concepción de la propia escritura, y que se manifiesta en la elección de las formas verbales, y también en la contradicción semántica que se establece entre ellas. Flotar frente a extraer. Dos actitudes líricas posibles: “Las palabras/ que escribo en un poema/ no flotan en el agua,/ las extraigo del fondo”. El fondo, el agua, el útero, la vuelta a los orígenes del individuo, y asimismo de la especie: “Escribir un poema es sumergirse/ en las profundidades de otra noche,/ vincularse al misterio”. Se escoge en cada momento entre lo que asciende desde abajo o lo que baja desde arriba: “El buscador de esponjas no conoce la nieve”. Todo lo exterior penetra la escritura y lo hace hasta de manera física: “El viento del oeste/ deja sobre las hojas del cuaderno/ semillas de cilantro y filamentos de hinojo”. La palabra, el poema, la escritura se convierten así en un lugar de plenitud: “no nos quedan lugares en los que sea posible lo absoluto” señala, e imbuido por esa conciencia convierte sus palabras en cauce profundo de esta idea, ellas son su medio de conocimiento: “Presiento con palabras/ un mundo elemental, un universo/ que, abismado en sí mismo, sigue intacto”. Por eso él busca rozar, acariciar ese mundo invocado en sus versos, y así lo consigue. El poeta se vuelve testigo de tal privilegio en estado de silencio, de noche, de encuentro, porque “la poesía es el oficio del espíritu”, y la concurrencia con ese viento puede llegar sin que se sepa cuándo y cómo y, sobre todo, por qué: “Hay que estar muy adentro/ en la circunferencia de la noche/ para encontrar las cosas que nos salvan la vida./ Ninguno de nosotros/ está aún preparado para lo incomprensible”, afirma con una intensidad -y una belleza- que duele.

Ser poeta para Basilio Sánchez es una seña de identidad que viene precedida por el amor, por la lentitud, por el detalle, por el tiempo detenido, por la verdad o la conciencia del instante en plenitud: “Amo lo que se hace lentamente,/ lo que exige atención,/ lo que demanda esfuerzo”. Y ante ese remanso se detiene el mundo. El poeta, con su manera de ser deja su señal, y así la nombra, con una alegoría profundamente bella y expresiva, Basilio Sánchez: “El poeta ha elegido descalzarse en el umbral del desierto”. Como un nuevo padre del desierto, eremita de lo hermoso. Entrega su huella al futuro, pero también la anuda a las palabras de la tribu, de las que es custodio, cuando escucha “en silencio el murmullo de la especie”.

El poemario está cargado de nudos temáticos intensos, imbricados entre ellos, como sólo ocurre cuando los versos son de verdad y a ella apuntan con toda la fuerza que contienen. Lo pobre y lo pequeño también halla en él su hueco. Los pastores de cabras del desierto que se vuelven modelos de la vida en sencillez y plenitud, porque “contemplan un crepúsculo/ que se basta a sí mismo”. Los seres sencillos y simples que se muestran como índices de autenticidad, y como ejemplo de la estética que ha de alcanzarse con la escritura, y su desapego de glorias vanas: “Me conmueve la humildad de los pájaros/ que trabajan día y noche para trenzar un nido/ en un árbol sin nombre.” A veces, frente a la vida sin sentido, frente a su dolor, es suficiente un pequeño gesto salvador, una mínima resistencia, desapercibida para el mundo, que, en Basilio Sánchez es mucho más que un puro símbolo, sino que le dice en su ser profundo: “Pero cuido un jardín y he iluminado/ con dos cerezas rojas una parte del mundo”. Un pequeño signo para que la realidad se recomponga y todo pueda volver a ser uno y, así, redimido cobre sentido.

Todo el poemario muestra, de igual modo, en su desplegarse un uso prodigioso de figuras retóricas de todo tipo, apretadas, unas dentro de otras, que agradece un lector acostumbrado -cada vez en mayor medida- a una literatura ramplona expresivamente. Estas no son meros detalles ornamentales, ni ejercicios de estilo, sino que crean un estado emocional compartido que penetra el poema y su lectura. Sorprende ver multitud de acertadísimas imágenes como cuando, entre otras, el poeta nombra la ciudad que “se levanta/ sobre el velo de ayuno de sus muertos”, o cuando escribe que “un libro de poemas/ es un campo arrasado por un viento/ repleto de semillas”, o al nombrar al poeta de quien afirma que “procede/ de un grano de mostaza/ olvidado en uno de los bolsillos de la creación.” Ese poeta en el grano de mostaza, nombrado antaño por Mateo, que tan bien representa Basilio Sánchez, contiene en su palabra toda la pujanza de la fe en el futuro. Y al lector se le antoja que también en el de la poesía.

Es Basilio Sánchez, en todos sus poemarios, pero en este de especial manera, un escritor que dibuja pensamientos, palabras y emociones íntimos y fulgurantes en estado de quietud. Un poeta grande que nombra el universo en estado de pasmo y de gracia. Hermoso libro este, escrito desde el lugar más profundo del hombre, el de la emoción. Todo lo que sucede alrededor de la vida refulge ante los ojos del poeta, que escribe entre estremecimientos, nombra y celebra, guardándolo todo en silencio en el corazón: “Ocupado en secreto en este oficio de acarrear imágenes/ para un templo sin culto.” Los fieles lectores se lo agradecemos.


Alejandro López Andrada: Teselas de un tiempo incandescente. Cuadernos del Sur. Diario de Córdoba. 30/3/2019

https://www.diariocordoba.com/noticias/cuadernos-del-sur/teselas-espacio-incandescente_1291623.html

Si no viviéramos en una sociedad tan zafia, vulgar y soez, la poesía del autor que vamos a reseñar se habría leído en todos los colegios, institutos y universidades del país, un país insensible, prosaico hasta la médula, muy necesitado de ternura, lirismo, delicadeza y emoción. Todo eso (ternura, lirismo, delicadeza y emoción) bulle en todos los ángulos de la obra poética esencial de Basilio Sánchez (Cáceres, 1958), un autor que, de residir en otro país, por ejemplo, Francia, sería a estas alturas una gloria nacional. Y es que estamos, sin duda, ante uno de los grandes poetas europeos del momento, prueba de ello es que en cualquiera de sus libros, muchos de ellos premiados, fulge el vértigo de la poesía limpia, auténtica, en la que nunca cabe la impostura, pues nace y pervive hermanada con la luz y el puro temblor del aire matinal que eterniza las cosas y los seres más sencillos, como hiciera en su día la poesía mayestática de Juan de la Cruz, poeta universal.

Olvidémonos, por tanto, ya de entrada de Marwanes, Deffreds, Sesmas, y otros bestellers liricoides, autores de libros de prosa entrecortada, para afirmar que Basilio Sánchez es un poeta serio, dueño de una voz lírica pura e intemporal. Recordemos aquí, por poner algún ejemplo, títulos suyos imprescindibles como, Para guardar el sueño (Visor, 2003), Las estaciones lentas (Visor, 2008) o Cristalizaciones (Hiperión, 2013), con idea de anotar la enorme calidad poética del autor extremeño. Ha sido en las tres colecciones mejores del país, Visor, Hiperión y Pre-Textos, donde hasta el momento ha venido publicando su docena de libros de versos memorables y, aun así, la crítica literaria nacional, tan cicatera a la hora de alabar la buena poesía, no ha dado a su obra el valor que esta merece. No obstante, es ahora, con este libro nuevo, He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes, Premio Internacional de Poesía Loewe, cuando al fin se le empieza a considerar como uno de los grandes poetas del país, algo que ya lo era antes de este galardón, aunque es cierto que este viene a resaltar el sereno destello de una poesía humanísima que eterniza y transciende la chata realidad desplegando un mosaico de románticas teselas que construyen el mundo, el elegante espacio lírico de un poeta que escribe versos así de cálidos: «Un libro de poemas/es un campo arrasado por un viento/repleto de semillas» (Pág. 69), versos que relampaguean en nuestros ojos como alas de azor en un bosque diamantino.

La poesía de Basilio -lo vemos en los versos antes citados- llega al lector repleta de semillas que se van derramando en sus ojos y en su alma produciendo ternura, nostalgia, gratitud, delicadeza, esperanza y firme fe en un mundo sensible, aunque imposible de alcanzar si no es a través de la siembra del amor: «Hay en el interior de cada uno/un hombre conmovido/que no nombra las cosas con grandeza,/sino con gratitud» (Pág. 79).

Y es en esa sencilla, humilde gratitud, dentro de una ternura esbelta, cristalina, donde se mueve la magia de este libro límpido y centelleante como pocos, pues su autor ha logrado fundir en una pieza tres tonos distintos, aunque complementarios: el épico, el místico y el romántico, los cuales sustentan la emoción de estas teselas serenas e hipnóticas como ágiles libélulas sobrevolando un lago en la quietud sagrada y feliz de la luz crepuscular.

Este poemario es un mágico mosaico en el que confluyen nostalgias y soledades, pájaros, nubes, abejas, cielos y árboles, pues no en balde la luz que destella en cada verso, en cada poema, es la que nos recuerda la inocencia perdida y azul de la niñez: «Un hilo transparente,/un reflejo del agua en el que beben,/como si fuesen trazos de ese río,/ las abubillas y los cárabos» (Pág. 56). El poeta medita, hila poemas extraordinarios, coloca gladiolos en el temblor de nuestros lágrimas, pone bálsamo ocre en el dolor que nos rodea, y es místico, épico y romántico, a la vez, regalándonos un mundo lírico admirable donde sopla una brisa dulce, horizontal, «heredando un nogal sobre la tumba de los reyes», cuando nos deja estos versos lapidarios: «La primera conquista es la de la ternura./Luego viene la de la soledad,/esa conquista/que nos abre las puertas del silencio» (Pág. 57).

Detrás de esas puertas se abre la inocencia, la eternidad del niño que se baña en la gratitud dorada de este libro, de este amable poemario que todos debiéramos leer para ser más sensibles y poder amarnos más.


Arturo Tendero: He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes, de Basilio Sánchez. El mundanal ruido.

http://articulosdearturotendero.blogspot.com/2019/03/basilio-sanchez-he-heredado-un-nogal.html

«Presiento con palabras / un mundo elemental, un universo / que, abismado en sí mismo, sigue intacto. / La honradez de un paisaje / que, a espaldas de nosotros, excluido / de nuestras percepciones y de nuestros afectos / desborda plenitud». El extremeño Basilio Sánchez (Cáceres, 1958) ha desnudado el mundo de todas las contaminaciones y nos lo sirve limpio y primigenio en un libro desbordado de imágenes puras detrás de un título muy largo: He heredado un nogal sobre la tumba de los dioses.

Un título que termina siendo verdad tanto para el autor como para el lector que se sumerge a fondo en sus versos: «Hay que estar muy adentro / en la circunferencia de la noche / para encontrar las cosas que nos salvan la vida. / Ninguno de nosotros / está aún preparado para lo incomprensible». El firmamento nocturno, el horizonte, la naturaleza desbordante se abren y nos ofrecen una sabiduría anterior al pensamiento, es decir anterior al hombre, que pasea en los versos de Sánchez como si estuviera estrenando la creación: «Dichoso el que, sentado / bajo los grandes árboles / que iluminan de verde las mañanas del mundo, / no renuncia al regalo de lo inmenso». Pero el poeta está presente como tal. En muchas ocasiones nos recuerda y se recuerda a sí mismo que está escribiendo, creando lo que leemos: «Mi mesa de madera es del tamaño de un nido». Y varias veces define su cometido: «El poeta no es otro / que el que entra de noche en una habitación / y permanece inmóvil / frente a una oscuridad / a la que poco a poco consigue acostumbrarse». Se mantiene «ocupado en secreto en este oficio de acarrear imágenes / para un templo sin culto». Cuando aparecen símbolos humanos, son vagas reminiscencias bíblicas o de las mil y una noches, borrosas ruinas de casas desfiguradas por las ortigas. Porque «nosotros no venimos de los profetas, / nosotros descendemos / de un pastor de rebaños / al que no permitieron, en mitad de la noche / entrar en la ciudad». Al fin y al cabo, «no hay nada más hermoso / que dejarse convencer por la noche / de que todo es eterno».


Irene Sánchez Carrón: Poética de la gratitud. Diario HOY, 7 de abril de 2019

https://www.hoy.es/extremadura/poetica-gratitud-20190405190454-nt.html

Resulta cada vez más sencillo identificarse con la poesía que escribe Basilio Sánchez, acompasar nuestra respiración a la del poeta, mientras recorremos los caminos que van abriendo sus versos sobre la espesura del mundo. Llevamos años acompañándole en sus paseos sosegados, que suelen comenzar con la percepción de la realidad a través de los sentidos, para terminar con una reflexión en la que se trata de encontrar un significado trascendente a todo lo aprehendido. Y para ir de la realidad a la reflexión se utiliza el lenguaje poético como elemento fundamental de comunicación.

Podríamos definir la de Basilio Sánchez como una «poética de la gratitud» hacia el mundo natural y también hacia las creaciones del ser humano. Esta poética de la gratitud cobra una importancia fundamental en su último libro, titulado 'He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes' (XXXI Premio Loewe). Desconocemos la referencia exacta de este sugerente título, pero en todo caso sus sílabas dejan un regusto bíblico que nos conduce a los «salmos» o a los versos de celebración de El Cantar de los Cantares. En la 'Coda' que va al final de la obra se resume el sentimiento de gratitud que embarga a alguien capaz de encontrar emoción en el entorno que habita: «Hay en el interior de cada uno / un hombre conmovido / que no nombra las cosas con grandeza, / sino con gratitud».

He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes es una oración de acción de gracias que convoca los cinco sentidos para gozar del mundo. De hecho, la primera parte del libro lleva como título el epígrafe «Hay un olor de agua y de resinas», y el primer poema se abre con un auténtico festín olfativo: «Hay un olor de agua y de resinas, / un aroma incesante / subiendo por las médulas / hasta las nervaduras de las hojas, / un espacio oloroso, / una fragancia / de sombras perfumadas».

En un recorrido que se torna espiritual, el sujeto lírico nos comunica su percepción del mundo y comparte con nosotros las meditaciones y las emociones que le suscita una realidad en la que naturaleza y arte se entrelazan formando un todo sin estridencias. En sus versos tienen cabida la lámpara de cobre que arde en la ventana, el vuelo del pájaro que acaricia una espiga, la hoja verde mojada en medio de la acera, la tesela de un mosaico, el sol en el horizonte, las ruinas de una pequeña iglesia, la nieve, una teja, fragmentos de cerámica, la pila de una fuente, los narcisos, un río subterráneo, la casa blanca rodeada de árboles. Lo natural y lo creado por el ser humano se unen en un planteamiento artístico que propugna el «hermanamiento» entre todos los elementos convocados, «como si cada cosa cuidara de la otra». Esta unión entre lo natural y lo fabricado se expresa en versos de gran plasticidad, capaces de unir la naturaleza y el impulso artístico: «Un pintor dominico usaría pan de oro para el cielo / luminoso y humilde de este día».

De todas las formas posibles de relacionarse con la realidad exterior, Basilio Sánchez ha elegido la de acercarse con «afecto a las cosas», a través de una poética calificada de humanística, en cuanto que plantea la convivencia armónica del ser humano con su entorno. Esta poética difiere en fondo y forma de otras corrientes que optan por mostrar las dialécticas, las contradicciones o las rupturas con lo que nos rodea, lo que se hace a través de discursos que denuncian los problemas, intentan sacudir las conciencias e incluso salvar el mundo.

No es el caso de la propuesta serena de Basilio Sánchez, que opta por fundirse con el entorno, en un hermanamiento (palabra utilizada por el autor) que acerca su poética al ideario de figuras como San Francisco de Asís.

Al igual que el místico italiano, el autor cacereño plantea el goce de la naturaleza, del que surge la alegría de saberse una criatura más. Asimismo, se respira en su poesía la celebración de la sencillez, al fijar la atención en elementos cercanos del paisaje, así como en objetos cotidianos que han acompañado nuestra existencia desde tiempos remotos.

Su poesía no necesita anécdotas, denuncias ni ironía para lanzar un claro mensaje de compromiso con la realidad, ya que este compromiso se halla en la raíz misma de la escritura y en una determinada manera de estar en el mundo. En sus versos la vida no es nunca un campo de batalla, y el ser humano no es presentado como un lobo para sus semejantes.

A largo de los años la poesía de Basilio Sánchez ha evolucionado de la mejor manera que puede hacerlo una obra construida con sumo cuidado y asombrosa coherencia. Los interrogantes y los planteamientos no han variado, pero las respuestas que se nos ofrecen en forma de poemas son cada vez más decantadas, sencillas y llenas de sentido, como si la voz del autor hubiera ido escarbando un cauce por el que corre cada vez con dirección más firme.


José Enrique Martínez: El fuego que ilumina la gruta. Diario de León, 7 de abril de 2019.

https://www.diariodeleon.es/noticias/filandon/fuego-ilumina-gruta_1326313.html

A grandes rasgos se puede hablar de dos líneas diferentes en la manera de entender la poesía: hay una de ritmo esquinado, quebrado, que no busca el halago del oído, sino el golpe sorpresivo y la perturbación anímica; la otra línea es melódica, fluida, sin accidentes bruscos, grata al oído. Por este segundo carril circula la poesía de Basilio Sánchez sobre la base acentual del endecasílabo. Desde la soledad del yo, el poeta expresa su meditación sobre el hombre y el mundo.

Las sensaciones que recibe de ese mundo, y sobre todo de la naturaleza, son las que dan pábulo al pensamiento del poeta y a su poesía, desde una mirada apacible y comedida, como sus versos que discurren armoniosamente al compás del pensamiento. Pero su poesía no permanece atada a la sensación o a la mirada, sino que trasciende lo inmediato hacia mayores honduras o hacia el ancho páramo de la imaginación, del sueño o de la percepción del misterio de las cosas, de la familiaridad entre lo dispar que expresa un poema, entre la luz del mediodía y las raíces en lo profundo de la tierra.

La naturaleza es una constante en la poesía de Basilio Sánchez; generalmente la naturaleza cercana, pero puede aparecer también el paisaje «excluido de nuestras percepciones y nuestros afectos» si «desborda plenitud». La naturaleza aporta símbolos como la luz o el bosque y es ejemplo de vida humilde y sencilla, de un estado de vida conducido «con naturalidad, sin artificio». El tópico del beatus ille, acuñado por Horacio y entre nosotros por fray Luis de León reaparece renovado en la poesía para la que lo natural es el ámbito placentero de la vida: «Dichoso el que, sentado / bajo los grandes árboles / que iluminan de verde las mañanas del mundo, / no renuncia al regalo de lo inmenso».

Los versos de Basilio Sánchez expresan también un pensamiento sobre la poesía, «oficio del espíritu», reveladora del secreto de las cosas a las que ilumina cuando las nombra. «Hay viajes que se emprenden a oscuras», en soledad y sigilo: es el viaje del poeta: «Uno empieza un poema / por aquello que sabe / y lo acaba por lo que desconoce». Nos está hablando del alumbramiento de lo oculto, de la revelación de lo secreto, de «el fuego que ilumina la gruta». Escribir un poema es «regresar al principio, / al hervor silencioso de la nada, / al caldo primigenio». Pero no se cumple si no suscita en el lector el silencio o la perplejidad con que fue escrito.


Manuel Rico: Cuando los árboles tienen sed. Babelia. El País. 15 abril 2019

https://elpais.com/cultura/2019/04/03/babelia/1554290270_778045.html

Basilio Sánchez (Cáceres, 1958), último ganador del Premio Loewe de poesía, es un autor de larga trayectoria y de obra compacta y depurada desde sus orígenes en el ya lejano 1984, cuando fue accésit del Adonais con A este lado del alba, pero sobre todo a partir de Los bosques interiores (1993). Poesía meditativa y esencial, propicia a contagiarse del temblor de la naturaleza y de las consignas básicas de la vida: amar, contemplar, recordar, compartir, soñar, reflexionar. En poco más de un año ha publicado dos libros: Esperando las noticias del agua (2018) y el premiado, He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes.

El primero es un libro poema compuesto por 48 “fragmentos” en el que recorre la experiencia de una pareja de jóvenes amantes en un espacio natural amenazado aunque en gran parte virgen. Es un canto al amor en su fusión con la naturaleza, una búsqueda de la sustancia última de un sentimiento no por misterioso menos real, que se impone si el medio natural afirma su vocación frente a la devastación que intereses ajenos a lo humano provocan.

El agua es la salvación y la esperanza, el agua alimenta los cambios y es símbolo de feracidad y de vida aunque también sin el agua “lo secreto sobrevive”. El amor, y la vida, en una pugna por salir de la desolación de la sequía: “Aquel año se agotaron los pozos”, escribe en el fragmento XXVII afianzando así la declaración del primer verso del libro: “Fue el año de la sed”. Los insectos, los árboles, el desierto, las piedras, los pájaros, no viven sin el agua. Tampoco la relación amorosa sin medio en el que enraizarse. El mundo y sus raíces, el conocimiento del ser, lo originario. El agua.

En el libro galardonado con el Loewe, ese hilo que une al sujeto poético (y al poeta) con la naturaleza (la sed y el deseo) nos lleva al cauce por el que se distribuye el alimento que nos nutre, a la fuente de la vida: “Hay un olor de agua y de resinas”. Es decir, el medio nutricio y la savia que le da sentido. Todo cuanto nos rodea en un escenario precivilizatorio aporta sentido a la existencia, es la realidad verdadera que el mundo contemporáneo ha ido relegando y prostituyendo. El sujeto poético tantea en lo telúrico y radical.

En el nogal, paradigma y símbolo de lo originario, más que en la tumba de quienes lo tuvieron todo, se vivifica la posibilidad de fundirse con el paisaje, ser parte de un universo en el que las ruinas conviven con los bosques, con el cobre de una lámpara o con un río. En poemas esenciales, austeros y luminosos, Sánchez despliega toda una poética, una teoría del lenguaje (“plagado de signos invisibles”) que parte de la complejidad visible a la luz, a lo esencial del conocimiento, al lugar imaginario que todo lo resume y concentra: “El que busca entender el firmamento / se concentra en una única estrella”. Basilio Sánchez busca, en el poema, la frontera del silencio, regresar “al caldo primigenio”. Al origen.


Michelle Roche Rodríguez: Basilio Sánchez busca lo divino desde la copa de un árbol: He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes. Colofón Revista Literaria. 10/5/2019

http://www.colofonrevistaliteraria.com/basilio-sanchez-busca-lo-divino-desde-la-copa-arbol-he-heredado-nogal-la-tumba-los-reyes/

El misticismo de Basilio Sánchez (1958) no se sustenta sobre la comunicación directa entre el poeta y la divinidad. Al sentimiento de lo eterno y lo oceánico, el cruce entre el tiempo y el lugar que Romain Rolland limitaba al simple hecho cognitivo de un contacto, la lírica de He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes le añade un significante adicional: la experiencia completamente consciente de que el Paraíso está perdido y no hay posibilidad de recuperarlo. “Estoy buscando ahora/ la pila de una fuente/ y una piedra grabada,/ una gota de agua en el hueco de una concha/ que aún pueda reflejar el universo,/ aunque ya no sea el mar”. Más que el encuentro, los versos se refieren a una inmersión, pero no en la consciencia de lo inefable, sino en la imposibilidad de encontrar ya, a estas alturas de la historia y desde el mundo gris de las incertidumbres donde habitamos, aquello de tal grandeza que no pueda expresarse con palabras.

Como la concha del verso aquí aludido, se trata de un universo “aunque ya no sea el mar”, una divinidad que ya no puede ser aprehendida. Es una vuelta al Mito de la Caverna enunciado por Platón al principio de nuestro mundo consciente, pero en esta oportunidad aquello que está detrás de las sombras y las produce no tiene posibilidad de ser descubierto. Por eso, la misión del poeta es una herencia que no se espera, una vocación inadvertida que se recibe del pasado y que no ha sido buscada. Es una condena a sólo enunciar, a la imposibilidad de nombrar: “La poesía no explica ni argumenta/ la poesía sólo llama a las cosas”. No, el poeta no es para Sánchez un sacerdote, aunque su misión sea recuperar la conexión prístina; tampoco un chamán capaz de convertir en verdad las falsedades. Sustentada sobre el convencimiento, su objetivo es la búsqueda en sí misma.

Si el poema apunta a una revelación que no puede ser descubierta y el poeta no puede nombrar nada, en la mística de su actividad no hay éxtasis ni levitaciones, solo los estigmas como marcas del pasado y la herencia de muerte que ha dejado el tiempo de recelo. Por eso el nogal del verso está sobre una tumba y no hunde sus raíces en un pastizal. Sin embargo, la poética de Sánchez aún contempla la esperanza del descubrimiento, escondida como el último aliento de la vida en cada poema: el hallazgo del silencio, después de contemplar dentro de la ternura al afecto.

Poesía y poética son una misma cosa en la obra de Sánchez: una búsqueda para no encontrar nada; para descubrir que lo menos importante es el hallazgo. Por eso el verso “He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes” aparece dos veces en la obra: una vez en la primera de las tres partes en que está dividido el poemario, donde quien enuncia el poema pondera el “regalo de lo inmenso”, preguntándose si podrá aceptarlo; la otra vez, en el último poema del libro marcado por el descubrimiento no de lo inmenso, sino de lo ínfimo —“He aprendido a vivir con las ruinas,/ a abrir una ventana y asomarme al silencio y a la ternura/ de lo que ya no existe”—, aparece el verso del título cuando el bardo ha aceptado su destino: “Las palabras son mi forma de ser”.

Con “He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes”, Sánchez ganó la trigésimo primera edición del Premio Loewe de Madrid. Ha publicado diez poemarios, entre los que se encuentran Esperando las noticias del agua (2018), Cristalizaciones (2013) y Las estaciones lentas (2008). También ha publicado el libro de relatos autobiográfico La creación del sentido (2015).


Yolanda Izard: ´El mundo está bien hecho. La esencialidad del mundo y de la palabra en el último poemario de Basilio Sánchez`. Suplemento La sombra del ciprés. El Norte de Castilla 23/5/2019

https://www.elnortedecastilla.es/culturas/la-sombra-del-cipres/mundo-bien-20190524164258-nt.html

Confieso que tengo una especial debilidad por la poesía de Basilio Sánchez (Cáceres, 1958) y que siento hacia ella una profunda afinidad de sensibilidades. Libro tras libro, he ido conociéndola y degustándola, y ella solo ha exigido de mí que abra mis sentidos y me disponga a escucharla. Eso es lo que de nuevo he hecho con su último poemario, ´He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes`, Premio de Poesía Fundación Loewe, alertada ya desde el mismo título de que lo que alojaba en su interior era sagrado, como los antiguos reyes-dioses, y que permanecía en ese lugar en el que uno siempre se siente a gusto, en la naturaleza que heredamos y en la trascendencia. Pero también el título me daba algunas pistas sobre las palabras que iba a escuchar, y que en efecto están talladas con sensibilidad y rigor y un fecundo poso de misterio.

Y voy a decirlo desde el principio: este es su mejor libro. No solo por la voluntad de su autor de abarcar un mundo unitario y espiritual; no solo por la forma como acomete la entronización de sus temas habituales, dándoles un giro definitivo hacia lo esencial, o por los guiños que hay en su construcción (tomando el último verso del último poema como título de la siguiente parte), sino también por su capacidad para acotar lo intemporal, los espacios primitivos, el eco de la antigüedad previo al desorden, y que todo ello simbolice al hombre con mayúscula, su esencia sin historia. El ser humano en su pureza más absoluta interactuando con el mundo en su pureza más absoluta.

Es un mundo elemental, primitivo, sin contaminar, un universo que «sigue intacto» y que «desborda plenitud». Y el poeta representa con su palabra a cada uno de los hombres en comunión con la tierra: «Vengo de la sustancia de la tierra, / de su barro balsámico». Es casi el tiempo de la protohistoria o, en todo caso, no hay nada en este libro que recuerde o sea reflejo del mundo actual: es «el amanecer de los sentidos» de un mundo ancestral donde hay monasterios, pastores de cabras, hachas de sílex o peregrinos que apenas pespuntean un paisaje que lo abarca todo, porque se trata de celebrar todo lo que existe. Basilio Sánchez traza un mundo benigno, compasivo, de una pureza meditativa y contemplativa que pace en la serenidad y en el sosiego, pero sin falsa inocencia, porque «el poeta no es un profeta visionario, sino quien lucha contra los elementos» sirviéndose del lenguaje.

De hecho, en la tercera parte abunda la meditación sobre el quehacer poético y la poesía: el poeta es uno de esos arqueólogos de uno de sus poemas que trabaja en la profundidad del yacimiento, que excava en busca de las primeras palabras, de los primeros signos: «El lenguaje / te obliga a decir bien lo que has oído / de la brizna de la hierba», y escribir supone «regresar otra vez al principio, / al hervor silencioso de la nada, / al caldo primigenio».

En definitiva, este libro, como un tesoro oculto durante milenios y recién descubierto, trata de un mundo bien hecho, repleto de semillas, en el que los lugares y los tiempos están interconectados, como realidades simultáneas, y el poeta siente tanta gratitud por formar parte de él que utiliza las palabras como un regalo para devolverle lo que le ha sido ofrecido: la luz, un riachuelo, el viento, árboles, agua, pájaros, hojas, musgo, bosques, un relámpago, una higuera, el mar, las estrellas… porque «la poesía es el oficio del espíritu» y la misión del poeta es «abrir una ventana y asomarse en silencio a la ternura / de lo que ya no existe», atento a revivir sus revelaciones y sus señales de luz. Un poemario exquisito, ungido por una extraordinaria sensibilidad hacia el mundo y sus bienes.


Antonio Reseco: He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes, Basilio Sánchez. Revista Quimera, nº 426, junio de 2019

Los seguidores de la poesía de Basilio Sánchez nos hemos acostumbrado a que cada una de sus entregas no desmerezca a la anterior. A que sea muy difícil encontrar un altibajo o un poemario que distorsione la trayectoria. He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes (Visor, 2019), XXXI Premio Loewe, entra en esta meritoria rutina. Tal vez esto haga más exigente al lector pero, hasta la fecha, el autor ha sabido convencernos como quien acuna a un niño o cuenta un cuento.

La poesía de Basilio Sánchez no tiene un carácter efectista, ni está influenciada por las tendencias más “cool” del verborreico panorama internauta, ni esconde la más mínima intención de seducir al advenedizo que se acerca a la poesía como el que se acerca a un yogurt. Es una poesía que demanda de sus seguidores el mismo sosiego y la misma meditación con la que parece haber sido escrita. Su lectura establece una alineación donde cualquier murmullo puede quebrar la armonía que llevó al autor a concebirla y al lector a asimilarla.

Escribió Leibniz que Dios creó este mundo porque es el mejor de todos los mundos posibles. Algo parecido ocurre en este libro. El mundo no es perfecto pero es el que tenemos. Y es, sin embargo, fascinante. La belleza del mar sueña con la belleza de los árboles. La búsqueda racional del sentido de la existencia y de sus circunstancias empuja al autor a un estadio superior que se vale del lenguaje para acompañar ese acercamiento. El humanismo implícito de la escritura de Basilio Sánchez nos hace recalar en nuestro entorno, ese que pasa desapercibido, pero que está ahí con su magia y su imperfección.

Me preocupa/ pensar que ha sido el hombre/ el único que se ha quedado fuera/ del convite del mundo.

Una consideración especial tiene la naturaleza en las dos primeras partes del poemario. El desarrollo y concreción de las mismas subraya una suerte de misticismo naturalista que podría convertir la lectura de estos poemas en el mantra de cabecera del taoísmo o del sintoísmo. Despliega en ellas un elegante ecologismo amasado por la voz poética del autor, diferenciable y personal. Lejos de cualquier soflama de pancarta, la naturaleza se contempla como el tesoro que debemos proteger, que nos integra en el universo y que nos explica como especie. Necesito vivir en un país/ que no haya renegado de sus árboles,/ necesito vivir en una tierra que envejezca a su sombra. El autor hace suya la preocupación por la tierra, por el hombre, y lo hace con la sabiduría de quien tiene la posibilidad de observarlo todo desde la atalaya de la invisibilidad, dentro y fuera a un mismo tiempo. Decíamos, el mundo no es perfecto, y así debe aceptarse: Es verdad/ que en la idea del jardín subyace oculta/ la idea del sufrimiento.

La contemplación de lo que pasa inadvertido, un castaño, el tejado rojo de una casa, la respiración de los caballos, articulan una forma de valorar y mirar la vida con un indudable enfoque whitmaniano. Lo diminuto cobra relevancia, se entrona como elemento esencial del poema y protagoniza la esencia misma de la poética del autor. Me conmueve la humildad de los pájaros/ que trabajan día y noche para trenzar un nido/ en un árbol sin nombre.

Cierra el libro una tercera parte en la que la temática vira hacia un terreno más metapoético. El lenguaje y la expresión creativa se yerguen en argumento fundamental del texto. Es una de las constantes en la obra del autor. La reflexión sobre la forma que el mismo tiene de entender las cosas a través de la palabra. Pero, con la finura a que nos acostumbra, logra insertar este leitmotiv dentro del plano casi cósmico y global del conjunto: El poeta procede/ de un grano de mostaza / olvidado en uno de los bolsillos de la creación./ Una luz en la noche es una carta/ enviada por un muerto.


César Iglesias: La poesía es la medicina más antigua del mundo. La Nueva España. Suplemento Cultura. 13 de junio de 2019

"El compromiso del poeta es vincularse con sus contemporáneos y excavar un espacio moral de convivencia"

He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes (Visor, 2019) es el libro con el que Basilio Sánchez (Cáceres, 1958) ha logrado el Premio Loewe, uno de los galardones más prestigiosos de la poesía hispana. La escritura de este poeta y médico de cuidados intensivos se enmarca en la mejor tradición de la poesía del conocimiento, una de las más fructíferas, esa que "excava un espacio moral de convivencia" y hace suya la herencia de la razón poética zambraniana: vivencia y reflexión de lo real para nombrar lo innombrable. Basilio Sánchez se inscribe en una tradición de poetas -Anton Chejov, William Carlos Williams, Miguel Torga- a los que su profesión médica les hizo estar más cerca de la verdad y de la emoción.

-¿Qué ha significado el premio Loewe?

-Satisfacción y responsabilidad. Me enorgullece que el libro haya sido reconocido por un jurado que es historia viva de la poesía y en el que se encuentran muchos de mis maestros; un reconocimiento que lleva implícito el de mi obra precedente, de la que este libro es deudor.

-Tiene dicho que la poesía es una nota "para los que se pierden en la noche".

-Tanto en la literatura como en la medicina se establece una relación de ayuda. Los médicos —como los antiguos chamanes de la tribu— y los escritores proyectan sombras chinescas sobre las paredes de las grutas que nos ayudan a encontrar el camino de la salida. Como dice Christian Bobin, la poesía nace a la vez que el fuego: en la misma época en que los hombres iluminaban las cavernas con los fantasmas coloreados de animales, la poesía les llegaba también a ellos por la misma grieta de la piel por la que les entraba el miedo, el dolor y la angustia. La poesía es la medicina más antigua del mundo. Es anterior a la escritura. Antes de depositarse sobre unas tablas de arcilla, tranquilizaba almas, sosegaba inquietudes.

-Hay un anhelo rehumanizador en su poesía.

-A pesar de llevar escribiendo más de 35 años, continúo con muchas de las dudas y vacilaciones que tenía al principio, aunque he conseguido alcanzar algunas pequeñas certezas, como la de creer en el carácter íntimo y solitario de la poesía, en su condición humilde y en su capacidad para darnos protección y cobijo. La poesía es un recinto ético, esa casa de la que hablaba Rilke, invulnerable y frágil, que ha sido levantada con todas las voces y anhelos a lo largo de la historia, esas cuatro paredes que los hombres y mujeres nos hemos visto obligados a levantar a la intemperie para proteger nuestra intimidad, nuestros deseos y nuestros sueños. El compromiso del poeta es el de vincularse con sus contemporáneos, pero también el de excavar, mediante el lenguaje, un espacio moral en el que todas las voces puedan ser escuchadas y en el que podamos convivir los unos al lado de los otros.

-Su poesía apuesta por la lentitud y el diálogo con la tierra.

-"No somos lo bastante lentos", escribió René Char, y la vida actual no hace más que darle la razón. La mía es una forma de entender la escritura que arraiga en una larga y fructífera tradición de poesía meditativa y que pretende conciliar el pensamiento con la imagen y el sentimiento con la ética. Una ética que me obliga, entre otras cosas, a dialogar con el entorno para disfrutarlo, protegerlo y respetarlo.

-Es médico de cuidados intensivos está muy cerca del dolor. ¿cómo le ha influido?

-«La medicina y el arte parten del mismo tronco», reconoce Andrzej Szczeklik, escritor y médico humanista polaco, en palabras recogidas oportunamente por Martín López-Vega. El médico ausculta al enfermo sentado junto a él. ¿No es también la escritura una forma de atención minuciosa a los murmullos imperceptibles de las cosas, a su respiración y sus latidos? Con el paso del tiempo he empezado a apreciar lo que la medicina le ha aportado a la poesía y la poesía al ejercicio de la medicina. Al margen de que la formación científica, por su esencial objetividad, puede añadir rigor a la escritura, quizá mi relación diaria con el dolor y la enfermedad estén en la raíz de una poesía que ha sido siempre un lugar de acogida y de resistencia. La materia de la poesía es la propia experiencia y en mi caso se ha nutrido forzosamente de mi relación directa con la curación y el sufrimiento. De manera recíproca, es posible que la poesía, a su vez, haya podido moldear de alguna forma, con ese espíritu de aceptación y comprensión del que hablaba Miguel Torga, mi relación con los enfermos.

-Una escritura que ha conciliado el pensar y el sentir éticos.

-La época en la que vive el poeta condiciona su relación con la escritura y su forma de relacionarse con ella. En mis primeros años de formación literaria, pude descubrir que una de las tradiciones más ricas de la poesía, la del conocimiento, se amoldaba con naturalidad a mi manera de percibir el mundo y a mis esfuerzos por desentrañarlo. Una poesía que intentaba trascender nuestras relaciones con las cosas para percibirlas y disfrutarlas de otro modo, para establecer con ellas un vínculo distinto basado en la confianza, el respeto y el afecto.

-Una manera sagrada de relacionarse con el mundo. ¿Latido religioso?

-Para mí lo religioso no es otra casa que el sentimiento íntimo de que uno forma parte de un todo. No es una visión confesional, sino que se identifica con el origen etimológico del término: del latín religare, volver a ligar una cosa con otra, aglutinar lo disperso. La mística, una forma de conocimiento de la que participan todas las religiones, comparte con la poesía la búsqueda de una forma humilde y respetuosa de acercarse a las cosas, de sobrevolarlas sin agotarlas ni dominarlas. A diferencia del conocimiento científico, que es positivista, la indagación en la realidad que hace la poesía nunca es utilitaria y, porque de alguna forma se inclina hacia el misterio, asume lo sagrado.

-Habla de la "sustancia de la tierra". Aprecio un aliento sacro, casi panteísta.

-En mi primer libro, A este lado del alba (1984), no es difícil rastrear la influencia de los pocos autores que entonces constituían mi bagaje literario, entre ellos Vicente Aleixandre. Allí estaban su vigoroso panteísmo vitalista, su búsqueda del conocimiento total a través de una comunión amorosa con el universo. Algo de todo eso ha quedado en lo que escribo.

-Me he referido en alguna ocasión a la escuela de la sentimentalidad de la tierra en la que se inscriben autores del oeste ibérico. ¿Comparte esta adscripción?

-Quizás sí, aunque en menor grado que otros poetas extremeños como Álvaro Valverde o Pureza Canelo. En mi caso, la afirmación de Keats de que "La poesía de la tierra nunca muere", impregna de manera sutil la totalidad de mi obra, aunque muy pocas veces de una manera expresa y evidente.

-Hay un verso de Leopoldo Panero, "De rodillas estar", al que me ha llevado otro suyo: "El poeta es un hombre arrodillado". ¿Sumisión o resistencia íntima?

-Por supuesto, resistencia íntima. He escrito en otra parte que el poeta sólo se arrodilla ante sí mismo, como forma de recogimiento y de búsqueda del centro. Una actitud de escucha para el conocimiento gratuito y maravillado del mundo y una forma, también, de expresar la humildad con la que uno debe afrontar la escritura y su propia vida.

-Naturalidad y transparencia. ¿Ahí reside la esencialidad de la poesía meditativa?

-La poesía es una búsqueda, un intento de desentrañar una realidad que se nos escapa y en la que está incluida lo que somos. La complejidad de este empeño es de tal calibre que el poeta, cuando algo consigue vislumbrar, tiene la obligación de registrarlo, para sí y para los demás, de la forma más sencilla posible, sin añadirle oscuridad a lo que ya lo tiene. La poesía pertenece al territorio de las intuiciones y los presentimientos, porque son precisamente las condiciones de oscuridad y de pérdida las que hacen posible la aparición de las palabras. Por eso, cuando surgen, tenemos que tener la delicadeza de dejar que otros perciban, a través de ellas, lo que hemos alcanzado a entrever.

-En tiempos de la mentira industrial, ¿la receta de Keats (verdad y belleza) es el antídoto?

-La verdad y la belleza son dos atributos específicos de la poesía. Y nosotros, más allá de la satisfacción de nuestros requerimientos vitales, y a pesar de su gratuidad en una sociedad tan mercantilizada como la nuestra, las seguimos necesitando. Como necesitamos también el misterio, que es el tercer atributo de la poesía y, según Albert Einstein, la experiencia más hermosa que tenemos a nuestro alcance.


Jesús Soria Caro: La poética de lo natural. Artes & Letras, Heraldo de Aragón. 27/6/2019

El pensamiento de la luz recorre el milagro de la vida, permitiéndonos vislumbrar en lo más elemental -la tierra, el agua, la nervadura de las hojas, su olor- la belleza que rodea la existencia, para «intimar con lo sagrado / que permanece en ellas», con su perfección casi de reloj del infinito con la que la semilla del cosmos germina como una flor de eternidad de ritmo repetido, musical. Somos gota del abismo que riega su semilla del silencio en el desierto del existir: «Una armonía, / el rumor apagado / con el que los planetas / que acabaron desgajándose del universo / continúan descendiendo hacia el abismo». Basilio Sánchez ganó el premio Loewe con “He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes” (Visor, 2019).

El “Ubi sunt” invita al “Carpe diem”, opuesto al clásico que exaltaba los excesos. Es celebración del vacío de las grandes pasiones, reside en la belleza de lo que no se valora, la luz verde de los árboles que iluminan la inmensidad de quien al ver se queda atrapado en lo que mira, pasando a ser uno con el paisaje: «He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes. / Dichoso el que, sentado / bajo los grandes árboles / que iluminan de verde las mañanas del mundo / no renuncia al regalo de lo inmenso». Hay algo de Whitman en el canto de pertenecer a lo natural, ser uno y su nada con él, desaparecer y ser fuera del yo su belleza: «Pertenecer a algo, / al cauce de un riachuelo, / al cortejo de peces del silencio, / al agua de una nube / o al corazón callado de una lámpara, / al árbol del camino...».

Hay reminiscencias de Caspar David Friedrich en «la honradez del paisaje / que abismado en sí mismo / sigue intacto». Hemos sido expulsados por la historia y el progreso. La elegía proclama: «No nos quedan lugares en los que sea posible lo absoluto». Salir fuera de la civilización, del “decorado” de la Historia, recordando que «no hay nada más hermoso / que dejarse convencer por la noche / de que todo es eterno».

El silencio es el escultor del alma oculta de las cosas, desprende las esquirlas de lo que la palabra al nombrar roba al misterio, cincelando la ausencia del significado y el signo, para dejar lo que somos más allá del lenguaje: «El silencio es un océano en calma / que permite que afloren / como islas / o como promontorios / los pequeños sonidos de las cosas. / El silencio le deja a cada uno llegar a ser quien es». El lenguaje del poeta es el del regreso al estado “natural” del ser: «Escribir un poema /supone, de algún modo, regresar / otra vez al principio, / al hervor silencioso de la nada, / al caldo primigenio / … a la inminencia de los astros», rescatando del fondo lo que la poesía contiene, ser buzo de lo indecible en una inmersión abisal: «Escribir un poema es sumergirse / en las profundidades de otra noche, / vincularse al misterio / de un cielo sin estrellas, / de un paseo por la nada / entre los arrecifes / y las simas azules del sentido. // El lenguaje del mar / es el de los ascetas». En la belleza natural, libre del pensamiento, en la sumersión en su silencio reside la poética de lo natural


Juan Ramón Santos: La voz tranquila. PlanVe La guía de ocio de Extremadura. 4/7/2019

https://planvex.es/web/2019/07/la-voz-tranquila-juan-ramon-santos/

“Mi habla es un murmullo, / una simple presencia que en la noche, / en las proximidades del vacío, / se impone por sí sola contra el miedo, / contra la soledad que nos revela / lo pequeños que somos”, dice uno de los poemas de He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes, el libro con el que Basilio Sánchez ganó el año pasado el prestigioso Premio Loewe.

Si comienzo destacando estos versos es porque creo que ponen de manifiesto la sensación que siempre he tenido leyendo a este autor, la de que la suya es una voz próxima, que te habla en un susurro y que, como en un cuadro de Georges de la Tour, logra prender, en medio del silencio y la oscuridad, una llama que nos calienta, nos alumbra y da abrigo, que nos resguarda de la intemperie y nos ayuda a descubrir que el mundo es un lugar mejor de lo que, por lo general, creemos, y lo logra haciéndonos reparar no en lo grande, en lo magnífico, en lo lejano, sino en lo cercano, en los discreto, en las cosas que nos rodean y que, como dice en otro poema, “nos salvan la vida”.

“Hay un hermanamiento, / una especie de familiaridad entre las cosas / que conforman el mundo, / como si cada una cuidara de la otra, / como si la alegría en la que viven inmersas / fuera un logro de todas”, afirma en otro lugar, añadiendo a continuación que “acercarnos con afecto a las cosas / nos permite intimar con lo sagrado / que permanece en ellas”, y lo menciono esta vez porque lo sagrado, la atención al misterio, es uno de los temas fundamentales de este libro y explica, en buena medida, el tono bíblico de muchos de sus versos –ya presente, por ejemplo, en su penúltimo libro, Esperando las noticias del agua–, que se me antojan, también, hondamente antropológicos, como si propusiesen recuperar la espiritualidad laica propia de un tiempo en el que el hombre tenía una relación más inmediata e inocente con las cosas, con el mundo, en el que formaba parte activa de la secreta y hermosa conspiración que hace posible la vida, como si sugiriesen, para ello, posar una mirada humilde y desnuda, renovada, sobre lo que tenemos alrededor, la mirada que el poeta, a modo de ejemplo, acoge en sus versos pausados, impecables, sigilosos.

Pero esa atención discreta y reveladora hacia los árboles, hacia los pájaros, hacia la lluvia, va acompañada también, por medio de una serie de poemas que salpican el libro en cada una de sus partes, de una reflexión sobre la propia poesía, sobre los modos, el objeto y la razón de ser de la escritura, señalando, por ejemplo, que “uno empieza un poema / por aquello que sabe / y lo acaba por lo que desconoce”, o que “escribir un poema es sumergirse / en las profundidades de otra noche, / vincularse al misterio / de un cielo sin estrellas, / de un bosque ilimitado desprovisto de árboles, / de un paseo por la nada / entre los arrecifes / y las simas azules del sentido”, o que “la poesía / no es una ambigüedad del corazón, / es una forma / de sentirte tú mismo siendo otro, / de asumir la existencia de los otros / como si fuese tuya”, construyendo entre todos ellos una poética de la indagación, de la búsqueda, del encuentro.

“Los poemas que nos hacen mejores / son los que nos devuelven / a ese estado anterior / en el que era posible, / en nuestras relaciones con el mundo, / conducirnos son naturalidad, sin artificio”, afirma también Basilio Sánchez en otra de las piezas que componen He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes, un libro que no sé si logrará devolvernos a ese estado primitivo, de feliz coexistencia con las cosas que evocan sus versos, pero que sin duda nos hará mejores, devolviéndonos al mundo más serenos, más tranquilos, quién sabe si no, también, más sabios.