Basilio Sánchez


Crítica de He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes

Piedad Bonnett, texto de la contracubierta:

He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes es un libro de gran unidad y consistencia que con aliento místico nos invita a reencontrarnos con el mundo de lo natural, anterior, como dice el poeta, al tiempo del recelo, de la desconfianza. Partiendo de una mirada contemplativa, el libro se detiene en la humildad de lo pequeño, en sus fulgores y revelaciones, pero también exalta el misterio del origen, de lo inmenso, y la labor tesonera del poeta, que no es un iluminado sino un artesano de la palabra. Esta austeridad que el poeta busca no está exenta, sin embargo, de sensualidad, de imágenes teñidas de colores, sonidos y sensaciones. La suya es una poesía sutil, serena, sin estridencias, que propone una utopía que es también una ética: consustanciarse con el todo. Este libro reafirma la poesía como acto de fe, como un camino de vuelta a lo esencial, a lo que aun callando se revela.


Túa Blesa: He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes. El Cultural, 8/3/2019.

https://elcultural.com/revista/letras/He-heredado-un-nogal-sobre-la-tumba-de-los-reyes/42063

Desde A este lado del alba, el primer libro de Basilio Sánchez (Cáceres, 1958) publicado en 1984, a este He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes hay una unidad profunda en su obra poética, el presupuesto de que, más allá de la relación con las cosas, exista la posibilidad de trascenderlas para establecer otro vínculo con ellas, con el mundo, un vínculo que se nombra como lo sagrado, término que no falta en este nuevo libro: "Acercarnos con afecto a las cosas / permite intimar con lo sagrado / que permanece en ellas". Esta idea lo hace conectar con la poesía de Hölderlin, Wallace Stevens o René Char y, entre los poetas de la tradición hispana con Claudio Rodríguez o Colinas, por nombrar unos pocos y, por supuesto, en cada caso con sus características particulares. Viene a acercarse esa visión de la poesía a lo que María Zambrano nombró como "razón poética", un oxímoron para algunos pero que expresa bien cómo Razón y Poesía no son discursos distintos y distantes, sino que se exigen para un modo de conocimiento que ha de superar a ambos y que se abriría al ser.

Los poemas de Sánchez se sitúan, así, en la poesía del conocimiento, una de las tradiciones más fructíferas, si es que no la más, un discurso que no pretende decir lo que hay, lo que se ofrece a la vista y el resto de los sentidos, sino que trata de sobrepasar esos límites, de servir de apertura al ser, para decirlo casi al modo de Heidegger.

Pero, como ya se ha insinuado, lo metafísico de esta poesía -todavía no he dicho que de excelente calidad, lo digo ahora- arranca de la vivencia de la realidad, de la contemplación de las cosas mismas y, así se afirma aquí, son ellas las que dictan el poema: "En la ventana arde / la lámpara de cobre / de la que se desprenden las palabras", y la cita invita a llamar la atención sobre la poderosa función de lo lumínico en esta poesía, la luz que es, al fin, una metáfora del conocimiento.

Y ¿qué imponen las cosas al decir del poeta? Los versos que suceden a los citados dan la respuesta rotunda y clara: "Lo conocido excava / una puerta en el muro de lo desconocido." Y estos versos a su vez son una nueva invitación a señalar cómo los poemas de Sánchez se deslizan con toda naturalidad a la reflexión de la experiencia poética y el quehacer del poeta.

¿Visión particular de la poesía y del ser? Cómo no habría de serlo. Aunque han quedado nombrados algunos de los poetas con los que coincide, esta escritura poética es universal: la mano, dice, "guarda en su interior una palabra / que arderá para todos" y unos versos más adelante el poeta se vacía en un espacio que "me deja a veces / escuchar en silencio el murmullo de la especie".

El poeta da ese murmullo, la voz metafísica, a la lectura con economía de medios. Por supuesto, con musicalidad, expresión de la armonía, la vieja y nunca olvidada armonía cósmica, la del tiempo comprimido en un instante, la de la conciliación de las cosas, tan diferentes, en la unidad del ser. Poemas de léxico sencillo, de sintaxis clara, que sirven bien para desentrañar lo secreto, para desvelar el misterio -secreto y misterio son voces del libro-. Palabra propia la de Basilio Sánchez, si bien la poesía, como reflexiona en uno de los poemas, "es una forma / de sentirte tú mismo siendo otro / de asumir la existencia de los otros / como si fuese tuya", un ejercicio de enajenación apropiada que habla de cómo lo íntimo, dicho poéticamente, se ofrece a ser compartido, que muestra, en definitiva ,el valor ético de esta escritura.

Libro espléndido este, como los son los anteriores de este poeta, cuya obra ha tenido el orgullo de recibir diversos premios, aunque el mejor reconocimiento posible es el de la lectura, a la que desde aquí se invita con vehemencia. ¿Quién se resistirá a estos poemas que son todo un regalo?

El lenguaje
te obliga a decir bien lo que has oído
de la brizna de hierba,
lo que intuyes de la gota de ámbar,
lo que no has comprendido de la vida.

Escribir un poema
supone, de algún modo, regresar
otra vez al principio,
al hervor silencioso de la nada,
al caldo primigenio
y a los cielos sin luna, a la inminencia
de las casualidades y los astros.

De la fricción continua
de una rama con otra brota el fuego
que ilumina la gruta
y hace brillar los ojos de los hombres
congregados en su noche perpetua.

El sonido de la página en blanco
es el de un hueso golpeado contra una piedra.


Nuria Azancot: Entrevista a Basilio Sánchez. “La poesía es un mensaje en la pared de una gruta”. El Cultural 11/3/2019

https://www.elcultural.com/noticias/letras/Basilio-Sanchez-La-poesia-es-un-mensaje-en-la-pared-de-una-gruta/13149

Acostumbrado a tratar el dolor ajeno -es médico de cuidados intensivos-, Basilio Sánchez (Cáceres, 1958) es uno de esos poetas secretos que vuelcan en versos de aparente sencillez la angustia de vivir un mundo pulcro pero insufrible. Su último libro, He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes, conquistó el XXXXI Premio Loewe y ve la luz estos días.

Abrumado pero feliz, el poeta intuye lo que le espera: recitales, entrevistas, presentaciones. Más visibilidad y nuevos, inesperados lectores. “Desde luego. Nuestra época, con su despliegue de ofertas para el ocio y la dispersión, no favorece la lectura, y menos la de poesía, que requiere esfuerzo, una inmersión en la profundidad. Pero siempre habrá lectores, porque la poesía, como se ha dicho, se dirige a quienes salen a recibirla, gusta a quienes ya han decidido quererla. La poesía es un mensaje en la pared de una gruta, una nota a propósito para los que se pierden en la noche, para los que no tienen un lugar como propio. Hacia ellos va dirigida mi poesía, ellos son los lectores que me interesan”.

Pregunta. ¿Qué significa He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes en el conjunto de su obra?

Respuesta. Utilizando una imagen del poeta peruano Eduardo Chirinos, percibo mis libros como planetas solitarios que giran alrededor de su propio eje, pero sometidos todos a unas mismas leyes de movimiento, a un orden cosmológico superior que no es otro que la idea que yo tengo de la poesía. Concibo la creación poética como una especie de diario del espíritu, como una forma de anotar y de poner en relación la vida de uno mismo con el mundo que nos rodea tal y como el poeta consigue percibirlo a lo largo de las diferentes etapas por las que va pasando. He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes es una expresión más, sin duda incompleta, pero reveladora, de mi forma de decir y de vivir en el tiempo. En lo formal, es un paso más hacia la naturalidad y la transparencia.

P. ¿Y en relación con su libro anterior, Esperando las noticias del agua?

R. Esperando las noticias del agua recoge, por su cercanía en el tiempo, muchas de mis inquietudes vitales y literarias actuales. Entre ellas, mi preocupación por el hecho de que el positivismo deshumanizado y la transformación de los valores nos hayan dejado en herencia una sociedad más pulcra en lo material, pero enormemente pobre en lo espiritual; una forma de vida en la que la riqueza, la comodidad y la complacencia hedonista se han acabado pagando, como decía Tolstoi, con sordidez moral. En ambos libros prevalece la idea de que la resistencia activa de carácter moral es lo único que nos puede ayudar a superar las inclemencias de una época que en muchos de sus aspectos esenciales adolece de inanición y de sequía; que el acuerdo entre nosotros y nuestra vida -entre el actor y su escenario, como escribió Camus-, es lo único que puede hacer posible la viabilidad de nuestro futuro.

P. ¿Cuánto hay de autorretrato en estos versos?

R. Bastante, pero no porque lo haya buscado expresamente, sino porque la imagen que la escritura forma de uno mismo se construye, al estilo de Borges, por acumulación: el poeta va poblando un espacio con árboles, paisajes, intuiciones, fulgores y recuerdos y, al cabo de los años, todo eso no es más que un laberinto cuyas líneas trazan la imagen de su rostro. Yo escribo, además, desde la experiencia en el sentido de que es poesía de la vida, poesía que acompaña a la vida para confortarla, trascenderla y transformarla. En poesía la verdad debe estar, como mínimo, a la altura de la belleza.

P. ¿Qué le deben estos versos a otros poetas contemporáneos, como Eloy Sánchez Rosillo o Álvaro Valverde?

R. Creo que mis versos comparten con los suyos, además de la búsqueda de la esencialidad y la sencillez, una misma visión humanista de la vida, una forma de entender la escritura que arraiga en la poesía meditativa y que pretende conciliar en el poema el pensamiento con la imagen y el sentimiento con la ética.

P. ¿En qué tradición poética se inscribe, y a quiénes lee?

R. Podría ser en la poesía del fervor, como la llamaría el poeta polaco Adam Zagajewski, o en la poesía del entusiasmo, como querría Hölderlin. En cualquier caso, me inscribo en la poesía que, consciente de la realidad en que la vive, y comprometida con ella, es capaz de sobreponerse al agotamiento y desengaño de nuestro tiempo. De formación ecléctica, he leído a poetas de muy diversas tendencias y regiones. Entre los que más me han interesado están Aleixandre, Machado, Cernuda, Rilke, Brines, Colinas, John Berger, Wallace Stevens, Brodsky, Jacottet, Edmon Jabès, René Char, Paul Celan, Valente, Milosz, Eugénio de Andrade, Pessoa, Pavese, Octavio Paz o Roberto Juarroz.

P. Escribe: "El poeta es el hombre arrodillado". ¿Ante qué, por qué?

R. El poeta sólo se arrodilla ante sí mismo, es una forma de recogimiento y de búsqueda del centro. Una actitud de escucha que en todas las religiones -y también fuera de ellas- ha sido utilizada como cauce para el conocimiento gratuito y maravillado del mundo. También es una forma de expresar la humildad con la que uno debe afrontar la escritura y su propia vida. Ya se sabe lo que decía Heidegger: "El hombre no es señor del universo, sino el pastor del ser".

P. ¿Y ante el poder? ¿cuál debe ser la actitud de un poeta?

R. Ante el poder siempre hay que mantenerse erguido y sonreír. Eso es, al menos, lo que aprendí de Lanza del Vasto, poeta, filósofo y activista de la no violencia al que pude conocer personalmente y cuyo libro, Umbral de la vida interior, me ayudó a superar los desvaríos de la edad en mis años de estudiante de medicina.

P. "Acercarnos con afecto a las cosas nos permite intimar con lo sagrado": ¿Es la única salida ante el vértigo cotidiano?

R. En un poema he escrito: "La idea de lo sagrado es lo completo, lo que no ha sido nunca circunscrito, lo que nos une al todo y a la nada, ese núcleo infinito, silencioso, del que manan las posibilidades". Yo creo que esa concepción de lo sagrado constituye la esencia de lo que nos rodea y descubrirlo requiere de nosotros atención y perseverancia. Ante el vértigo de nuestra existencia cotidiana no hay otra salida que devolverle a la vida lo que es suyo: la sombra a la semilla, la comida a los pájaros, el consuelo de unas pocas palabras a lo que no lo tiene.

P. Como dicen sus versos, el universo, vienen de "la sustancia de la tierra", sin olvidar la trascendencia... ¿no es una apuesta arriesgada en estos tiempos de ripios y ciberpoesía?

R. Una poesía que asume una conciencia humanista de la existencia, que intenta situar al individuo en armonía con su entorno y que, al margen de honores y beneficios, no ambiciona otra cosa que la obra bien hecha, de algún modo cuestiona la forma de vida que tenemos y subvierte muchos de los valores de nuestras sociedades actuales. Con las redes sociales los mapas se han modificado, la geografía ha desaparecido: ya no existen escritores periféricos, sólo escritores desconectados. Leer poesía ya no es un problema ni económico ni de latitudes, y esto es bueno, pero añoro, por encima de todo, la vigencia de unas relaciones personales en las que el tacto, la mirada y el tono de la voz les confieran a las palabras el sentido que les corresponde. También, frente a la inmediatez y fugacidad de mucha de la poesía que se escribe ahora mismo, echo de menos la escritura que se hace lentamente, la que exige atención, la que demanda esfuerzo.

P. ¿Sabe ya "qué hacer con el silencio"? ¿A qué creadores y por qué les recomendaría callar?

R. Es posible que sólo los místicos hayan conseguido hacer del silencio su ciudad en la tierra. Yo me conformo con poder escuchar, de vez en cuando, en el silencio de un poema, la música secreta de las cosas. El creador verdadero sabe por sí mismo cuándo tiene que callar, porque sólo en el silencio puede llegar a ser quien es.

P. ¿Y a los políticos que sólo se acuerdan de la cultura cuando se acercan las elecciones?

R. En sociedades en gran parte deshumanizadas como la nuestra, a los políticos se les exige lo mismo que a los artistas: que puedan devolvernos a un estado de convivencia con lo que nos rodea que asegure nuestro futuro y nos permita recuperar para el presente el sentido perdido de las cosas. La cultura, que es indisociable de la conciencia ética, es la que impulsa, con la ayuda del silencio creador, las grandes transformaciones de la humanidad. El resto es griterío que se disuelve en nada.

P. ¿Cómo se admite que uno "ya no tiene razones para engañar al corazón"? ¿Y, sobre todo, cómo se llega a esa verdad infinita?

R. A todos nos llega una edad en la que empezamos a desprendernos de lo que hemos sido. Lo que era expectativa, conjetura, se convierte, para bien o para mal, en la realidad de lo que somos. Llegado ese momento, uno adquiere la doble certeza de saber que está solo frente a su propia vida y que, por ese motivo, ya no tiene razones para engañarse. Pero ésta es una verdad que se adquiere con los años.

P. Escribe también: "la soledad se gana, se defiende, uno lucha por ella mientras le quedan fuerzas" ¿Cuál es su secreto, qué debe uno hacer o leer para iniciarse?

R. Uno escribe cuando puede y cuando le dejan, no siempre cuando quiere. Los momentos de escritura tenemos que buscarlos como espigadores, agachándonos un momento en medio de la multitud. Igual que la escritura, la vida también nos pide que desaparezcamos, que retomemos los asuntos que tenemos pendientes con nosotros mismos y que disfrutemos del recogimiento que nos hace crecer. En mi libro en prosa La creación del sentido decía que la individualidad es la tierra fecunda en la que hunde sus raíces nuestra capacidad de convivencia. Y sigo estando de acuerdo. La opción de estar solo ha de tener también su dignidad.


Asunción Escribano: He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes, de Basilio Sánchez. Salamancaaldia.es 15/3/2019

https://salamancartvaldia.es/not/203981/asuncion-escribano-analiza-poemario-basilio-sanchez-gano-premio/

En un poema con el que se presenta líricamente en su espacio web, Basilio Sánchez escribe que es el hombre quien “para guarecerse/ necesita los nombres de todos los que ha sido, /recordar las palabras con las que cada día/ ha vivido o ha muerto.” Y eso es exactamente lo que hace en su último poemario, ‘He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes’, ganador del último Premio Loewe, recordar y reescribir los nombres y las palabras que le constituyen y le han hecho ser. En este sentido es significativo y simbólico el último verso de la obra: “Las palabras son mi forma de ser”.

El libro se estructura en tres partes y una coda final, encabezada cada una con un título largo y sorprendente, tomado del verso final del último poema de la parte anterior (excepto la primera, que lo toma de un poema contenido en ella), que se van engarzando a modo de argollas de una cadena, conformando, de este modo, un libro perfectamente unitario en forma y en fondo.

Se abordan en él temas esenciales con una voz muy pura, con un equilibrio muy logrado entre la contención expresiva y la dicción profundamente emocional. El primer poema ya establece la manera de mirar y de decir. En él, un árbol lanza al mundo su fragancia, antes incluso de percibirse el fulgor de sus hojas, se hace aroma: “un aroma incesante/ subiendo por las médulas/ hasta las nervaduras de las hojas”, y el lector se pregunta, entonces, si ese aroma está fuera o dentro de los ojos del sujeto lírico, porque en su avance, el texto exclama reconociendo agradecido: “Sobre la intimidad de lo que existe,/ sobre el mundo/ que ahora empiezo de pronto a percibir,/ va pasando en silencio,/ iluminando el suelo en penumbra de las cosas,/ el pensamiento de la luz.” El pensamiento de la luz, sintagma con el que finaliza este primer poema sitúa a los lectores ante la actitud de la escritura y de la vida: la mente captando y transformando las cosas desde dentro. intimidad de fragancia, de iluminación que viaja de fuera adentro y también en el sentido contrario. La luz como horizonte implorado: “yo mendigo la luz”, escribe al finalizar el libro. Del pensamiento al espíritu, en un profundo viaje de 81 páginas. Una maravilla de libro.

Paisaje interior, por tanto, como primer desgarro. Mirada que sabe contemplar y extraer de la rutina los destellos en la malla de lo cotidiano y, también, rescatar en él todos sus milagros: “En un vuelo rasante/ un pájaro acaricia con su vientre/ el penacho amarillo de una espiga”. Un suceso aparentemente intrascendente, repetido cada día, el vuelo de un pájaro o una hoja que brilla con la lluvia, se vuelven resplandores que iluminan lo real y, por ello, merecen ser nombrados, rescatados de su sombra y guardados en el cesto de las palabras, para poder decir a partir de ellos que “la realidad es un relámpago que persiste”.

La palabra y la reflexión sobre la escritura ocupan un lugar relevante en el poemario, y lo sujetan, como si fueran hilos transparentes, flotando -casi- sobre el aire. Reflejan el estado de espera anterior al decir, anterior incluso al contemplar. Se sitúan fuera del tiempo, en el palpitar íntimo que sale al encuentro de lo que ha de venir: “El corazón no sabe/ que algo dentro de él, calladamente,/ se prepara en secreto.” El poeta se detiene, y comparte en su demora la cualidad de lo que es realidad y también de su admiración. Hay mucho de sacral en la escritura de Basilio Sánchez, que se manifiesta siempre humilde, como puede verse en el poema en el que el dibujo de un hombre arrodillado en un muro de un retablo derruido, con una preciosa simetría textual, hace concluir al escritor: “El poeta es el hombre arrodillado./ El poeta es el hombre que lo pinta.”

El sujeto lírico tiene conciencia de que para poder decir acertadamente es necesario estar aislado, y ese aislamiento también puede ser una desgarradura, un estar como “una isla en medio del océano”, o como “una flor plantada en la llanura del mundo”. Así se encuentra el hombre y así, también, el escritor: “no hay ningún escritor/ que no se sienta abandonado por las estrellas”. Qué hermosura de versos. Conciencia y unidad. El oficio de poeta tiene mucho de abandono: “Cuando escribo/ paseo con un ángel/ arrojado innecesariamente del paraíso”. Todo lo donado le parece grande a quien se siente pequeño y desconcertado ante las gracias que le regala el mundo. Con un balbuceo anafórico, igual que el de nuestros místicos, confiesa el poeta: no sé qué hacer con el silencio”, “no sé qué hacer con la ternura que me inspiran los pájaros”.

Hay una metáfora estructural que subyace a la concepción de la propia escritura, y que se manifiesta en la elección de las formas verbales, y también en la contradicción semántica que se establece entre ellas. Flotar frente a extraer. Dos actitudes líricas posibles: “Las palabras/ que escribo en un poema/ no flotan en el agua,/ las extraigo del fondo”. El fondo, el agua, el útero, la vuelta a los orígenes del individuo, y asimismo de la especie: “Escribir un poema es sumergirse/ en las profundidades de otra noche,/ vincularse al misterio”. Se escoge en cada momento entre lo que asciende desde abajo o lo que baja desde arriba: “El buscador de esponjas no conoce la nieve”. Todo lo exterior penetra la escritura y lo hace hasta de manera física: “El viento del oeste/ deja sobre las hojas del cuaderno/ semillas de cilantro y filamentos de hinojo”. La palabra, el poema, la escritura se convierten así en un lugar de plenitud: “no nos quedan lugares en los que sea posible lo absoluto” señala, e imbuido por esa conciencia convierte sus palabras en cauce profundo de esta idea, ellas son su medio de conocimiento: “Presiento con palabras/ un mundo elemental, un universo/ que, abismado en sí mismo, sigue intacto”. Por eso él busca rozar, acariciar ese mundo invocado en sus versos, y así lo consigue. El poeta se vuelve testigo de tal privilegio en estado de silencio, de noche, de encuentro, porque “la poesía es el oficio del espíritu”, y la concurrencia con ese viento puede llegar sin que se sepa cuándo y cómo y, sobre todo, por qué: “Hay que estar muy adentro/ en la circunferencia de la noche/ para encontrar las cosas que nos salvan la vida./ Ninguno de nosotros/ está aún preparado para lo incomprensible”, afirma con una intensidad -y una belleza- que duele.

Ser poeta para Basilio Sánchez es una seña de identidad que viene precedida por el amor, por la lentitud, por el detalle, por el tiempo detenido, por la verdad o la conciencia del instante en plenitud: “Amo lo que se hace lentamente,/ lo que exige atención,/ lo que demanda esfuerzo”. Y ante ese remanso se detiene el mundo. El poeta, con su manera de ser deja su señal, y así la nombra, con una alegoría profundamente bella y expresiva, Basilio Sánchez: “El poeta ha elegido descalzarse en el umbral del desierto”. Como un nuevo padre del desierto, eremita de lo hermoso. Entrega su huella al futuro, pero también la anuda a las palabras de la tribu, de las que es custodio, cuando escucha “en silencio el murmullo de la especie”.

El poemario está cargado de nudos temáticos intensos, imbricados entre ellos, como sólo ocurre cuando los versos son de verdad y a ella apuntan con toda la fuerza que contienen. Lo pobre y lo pequeño también halla en él su hueco. Los pastores de cabras del desierto que se vuelven modelos de la vida en sencillez y plenitud, porque “contemplan un crepúsculo/ que se basta a sí mismo”. Los seres sencillos y simples que se muestran como índices de autenticidad, y como ejemplo de la estética que ha de alcanzarse con la escritura, y su desapego de glorias vanas: “Me conmueve la humildad de los pájaros/ que trabajan día y noche para trenzar un nido/ en un árbol sin nombre.” A veces, frente a la vida sin sentido, frente a su dolor, es suficiente un pequeño gesto salvador, una mínima resistencia, desapercibida para el mundo, que, en Basilio Sánchez es mucho más que un puro símbolo, sino que le dice en su ser profundo: “Pero cuido un jardín y he iluminado/ con dos cerezas rojas una parte del mundo”. Un pequeño signo para que la realidad se recomponga y todo pueda volver a ser uno y, así, redimido cobre sentido.

Todo el poemario muestra, de igual modo, en su desplegarse un uso prodigioso de figuras retóricas de todo tipo, apretadas, unas dentro de otras, que agradece un lector acostumbrado -cada vez en mayor medida- a una literatura ramplona expresivamente. Estas no son meros detalles ornamentales, ni ejercicios de estilo, sino que crean un estado emocional compartido que penetra el poema y su lectura. Sorprende ver multitud de acertadísimas imágenes como cuando, entre otras, el poeta nombra la ciudad que “se levanta/ sobre el velo de ayuno de sus muertos”, o cuando escribe que “un libro de poemas/ es un campo arrasado por un viento/ repleto de semillas”, o al nombrar al poeta de quien afirma que “procede/ de un grano de mostaza/ olvidado en uno de los bolsillos de la creación.” Ese poeta en el grano de mostaza, nombrado antaño por Mateo, que tan bien representa Basilio Sánchez, contiene en su palabra toda la pujanza de la fe en el futuro. Y al lector se le antoja que también en el de la poesía.

Es Basilio Sánchez, en todos sus poemarios, pero en este de especial manera, un escritor que dibuja pensamientos, palabras y emociones íntimos y fulgurantes en estado de quietud. Un poeta grande que nombra el universo en estado de pasmo y de gracia. Hermoso libro este, escrito desde el lugar más profundo del hombre, el de la emoción. Todo lo que sucede alrededor de la vida refulge ante los ojos del poeta, que escribe entre estremecimientos, nombra y celebra, guardándolo todo en silencio en el corazón: “Ocupado en secreto en este oficio de acarrear imágenes/ para un templo sin culto.” Los fieles lectores se lo agradecemos.