Una lectura, ya empezada, que me está procurando gusto estos días de calor y actividad reducida, es “El buen lugar” (Pre-Textos) de Basilio Sánchez.
Contiene una copiosa colección de pensamientos, revelaciones, aforismos, anécdotas, asentada en una idea o convicción o aventura vital a la que concedo un gran valor y que no es otra que el propósito de construirse uno a sí mismo como ser humano por la vía de aunar criterios éticos con el desarrollo de una sensibilidad poética.
No le cae a uno en las manos todos los días un libro tan rico en reflexiones lúcidas, a la vez tan claro de lectura y tan ameno.
Algunas palabras toman vuelo como ánades en el arrebol de un cielo de estío. Ocurre con poca frecuencia, pero pasa en la obra de algunos escritores excepcionales, como es el caso de Basilio Sánchez (Cáceres, 1958), una de las voces poéticas más genuinas y elegantes de nuestro país. No en balde el autor cacereño ha dado a la luz títulos imprescindibles dentro de la poesía española de las últimas décadas. Entre ellos destacan ‘Para guardar el sueño’ (2003), ‘Cristalizaciones’ (2013) o su emblemático ‘He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes’ (2019), con el que obtuvo el Premio Internacional Loewe. En todos sus libros, poemarios o textos en prosa, destaca la honda y esbelta elegancia de una voz poética donde fluyen y confluyen un tono reflexivo con un aliento sereno que emociona y seduce al lector por su autenticidad. En la voz de Basilio, en su obra lírica abundante, igual que en su prosa, no hay ni un mínimo atisbo de impostura o falsedad. El poeta afirma que «la poesía es una actitud ante la existencia» y más adelante, en otra página gloriosa, confiesa: «El poeta es un hombre que camina bajo un campo de estrellas». En ningún otro sitio he podido leer una definición más exacta y más bella de lo que es un escritor de versos. Y es que, cuando escribe, Basilio Sánchez, hombre llano y sencillo, se transforma de repente en un mago de oro que inyecta la luz de su interior en palabras certeras y versos destellantes, pues si hay algo que derrama magistralmente el autor cacereño en su escritura es un acendrado destello espiritual, un suave temblor de pájaros que arden como gemas de cuarzo en la hora del atardecer.
En el libro que comentamos, Basilio Sánchez hace un repaso de lecturas y lugares, de rincones y espacios cubiertos por la luz de la amistad, o pequeños recodos donde reverbera el pensamiento unido al fulgor del silencio, porque «admira la belleza de las cosas que viven en silencio... El silencio es un ruido de semillas en la convalecencia de la nieve». Nadie sabría definir el silencio de un modo más bello y natural. A lo largo de esta obra exquisita hallamos algunos fragmentos y frases memorables, de una belleza difícil de explicar. A través de Basilio siempre escribe un ángel, un ser luminoso con el alma traspasada por la espada invisible de una fraternidad que le une a las cosas más mínimas y humildes, a las limpias señales de la Naturaleza, al milagro silente del viento en libertad que cruza en la tarde la quietud de una arboleda. El poeta nos dice: «La poesía nos conduce a esa forma desnuda de mirar que solamente tienen los animales y los niños. La poesía es un zureo de palomas en el pequeño nido del lenguaje». Nuevamente hallamos el fulgor de lo inefable, de lo nunca dicho, en frases como la anterior, porque no es muy frecuente encontrar en ningún libro de los que leemos a diario esa fusión de la sencillez con la pureza cristalina de lo que emociona y hace pensar a la vez.
La calidad frente a lo mediático
Nadie como Basilio Sánchez sabe unir lo emotivo y lo reflexivo en un poema, o en un trozo de prosa delicioso, angelical. En un mundo literario anodino, gris, donde la mayoría de los escritores más mediáticos suelen escribir libros sin una mínima calidad literaria, escritos en una prosa inane, con un estilo pueril, de garrafón, encontrar una obra como esta hace que aún creamos en la literatura, que no es esa que, a diario, vemos en los libros más vendidos, publicados por multinacionales del mundo editorial que sólo quieren vender y hacer negocio. Aquí, sin embargo, en este libro, un autor moldea el lenguaje, lo acaricia, amasa palabras como un sabio panadero tostándolas con la luz del corazón.
Al final, como dice Sánchez, «escribir es arrastrar palabras por la nieve», dar vida y calor al vacío de lo blanco. Aquí el poeta es profeta, un mago visionario que, con su escritura, transforma el exterior, lo que vive ahí fuera, la cruda realidad, embelleciendo todo lo que toca, como cuando escribe: «La poesía, esa pequeña plaza solitaria en la que nos sentamos, silenciosos, a cantar con los muertos». Sin duda, la poesía debe ser un canto a lo que se nos va, a lo desaparecido, que, sin embargo, nos imanta y deja huella imperecedera como este libro de Basilio Sánchez, por el que desfilan nombres de lugares, de amigos, de filósofos, de poetas, de rincones singularísimos en los que confluyen a la vez la prosa y la poesía, el pensamiento y la emoción.
Es habitual que para ilustrar cuanto decimos a la hora de la exégesis de un texto utilicemos algún fragmento de la obra de la que estamos hablando, bien por su belleza, bien por su idoneidad, bien porque efectivamente muestra las principales ideas que queremos exponer de lo que encontramos en su desarrollo. Pero ¿pero qué ocurre cuando al abrir un libro como este de Basilio Sánchez cualquiera de sus aseveraciones, cualquiera de sus poéticas rememoraciones, cualquiera de sus siempre acertados juicios de valor, cualquiera de las dilucidaciones que lleva a cabo acerca de la poesía en general y de la suya en particular -casi siempre expresadas en voz baja: a Basilio hay que leerle en voz baja y escucharle en voz baja, aunque tengamos que aproximarnos mucho a su siempre cálida dicción- nos serviría para sostener lo que queremos poner de relieve en este indispensable volumen? Mientras leía, no solo disfrutando de cuanto el poeta dice, sino, a la par, pensando en que indudablemente debería referir algo al respecto de El buen lugar, por si acaso mi opinión sirviera de acicate para su lectura, iba anotando al lado ejemplos de comentarios y reflexiones que me llamaban la atención hasta que me di cuenta de que no llevaba ni veinte páginas y ya tenía una cara de folio llena de sus iluminadoras vivencias aquí concitadas y que mi labor aquí iba a quedar restringida a podar este susurrante bosque con la sensación de haber cercenado en mi elección las propuestas más aprehensibles.
Quiero decir con todo esto que el libro que hoy nos ocupa es mucho más que un acertado vademécum para entender la mecánica que se oculta tras la obra de uno de los poetas más apreciados a nivel general en la última literatura española: es, en realidad, un libro de poesía en prosa que, con versos escondidos en su dicción, permite asomarnos a la cercana hondura que late en los versos, repito, de uno de los referentes poéticos contemporáneos. Basilio Sánchez hace ya mucho tiempo que es un poeta de mención insoslayable; y más últimamente, que parece gozar de una temporada especialmente lúcida encadenando libros inolvidables como Esperando las noticias del agua, He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes o El baile de los pájaros. El de hoy acrecienta una injustamente olvidada obra como fue El cuenco de la mano, donde ya se dilucidaba sobre cuestiones poéticas aquí mucho más amplificadas, y vuelve a traer a colación otro texto suyo en prosa, La creación del sentido. Ahora vuelve a compartir con nosotros, tranquilamente, en conversación que yo solo me imagino al atardecer, sentados mientras declina el día y oímos esos pájaros que tanto vuelan y cantan en sus versos, un íntimo muestrario acerca de cuestiones que le rodean en su ya prolija y acendrada relación con la poesía, que podríamos resumir en la imbricación de la vida en los versos y de los versos en la vida.
Para este completo y denso repaso por los continuamente entremezclados conceptos citados, para esta suerte de confesión sincera y hondamente meditada, el autor se va tranquilo y confiado de la mano de pensadores, poetas, por supuesto, pero también narradores y críticos que pasean como por su casa por estas páginas siempre iluminadoras pese a su pretendidamente atenuada luz. Borges, Lanza del Vasto, Jiménez Lozano, Simone Weil, Olga Tokarczuk, Muñoz Molina, Christian Bobin, R. M. Rilke, Adam Zagajewski, Wislawa Szymborska Josep María Esquirol, Antonio Porchia, René Char, Mircea Cărtărescu, Louise Glück, Roberto Juarroz, Raúl Zurita, Mary Oliver, María Zambrano y todavía más que no cito: memoria de sus lecturas, eternos compañeros de viaje, referencias con las que convive y comulga. Basilio, como su admirado Borges, goza más de lo que leyó que de lo que escribe porque lo segundo (con la necesaria aleación de sus vivencias profesionales, tan profundas en este caso, pues vienen muchas veces al hilo de condición de médico intensivista en los terribles momentos de la pandemia) no es sino el resultado de las primeras. De ellos extrae (o más bien, con ellos refrenda) su concepción de la poesía como un oficio que hay que ejecutar de manera callada y humilde para, desde ella, tratar de desvelar el misterio de las cosas con que tratamos de convivir.
La casa del poeta, la poesía, solo puede aparecérsenos como esos interiores en silencio (mal llamados 'naturalezas muertas') de los pintores flamencos: interiores para la lectura, el silencio y la meditación, pero con el oído -y el resto de los sentidos- siempre pendientes del susurro constante de la naturaleza. Ese debe de ser el buen lugar que resume en el título y que siempre ha buscado: «en cierto modo, la pretensión de toda la poesía que he venido escribiendo a lo largo de los años [ha sido] la de construir, en medio de la intemperie de lo que somos, un lugar de acogida, un territorio en el que podemos sentirnos confortados y desde el que podamos gozar y percibir mejor el mundo». Un lugar, entonces, que acompaña, donde uno se queda a vivir y aprende a cuidar y valorar lo ínfimo, a desposeerse de lo superfluo, en definitiva, si cabe, a mejorar como persona. Venga una cita, por lo menos, entre muchas: «La poesía es una forma humilde y respetuosa de acercarse a las cosas. No pretende agotarlas ni definirlas, sólo sobrevolarlas, quererlas y disfrutarlas.» Este un libro de por vida, al que volver y del que aprender continuamente; que no se agota en su lectura.
“La pretensión de mi libro He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes es (…), en cierto modo, la pretensión de toda la poesía que he venido escribiendo a lo largo de los años: la de construir, en medio de la intemperie de lo que somos, un lugar de acogida, un territorio en el que podemos sentirnos confortados y desde el que podamos gozar y percibir mejor el mundo”. Así lo afirma Basilio Sánchez (Cáceres, 1958) en lo que ha supuesto su regreso a la prosa, bajo el sello de Pre-Textos nuevamente, tras la aparición, en 2015, de La creación del sentido; y así se puede comprender, con claridad meridiana, que el título de este nuevo volumen sea el de El buen lugar, cuyo “locus amoenus”, plenamente paradigmático, alcanza a los lectores tras la pujanza encadenada de tres poemarios magníficos, decisivos en el fenómeno de cristalización de la muy bien ganada madurez creadora del autor: Esperando las noticias del agua (Pre-Textos, 2018; Premio Centrifugados), el ya aludido He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes (Visor Libros, 2019; Premio Fundación Loewe y Premio Nacional Meléndez Valdés) y El baile de los pájaros (Pre-Textos, 2023).
Para Basilio Sánchez, la poesía es intimidad, humildad y cobijo, y se halla en posesión de tres irrenunciables cualidades: verdad, belleza y misterio. Si a esa doble trinidad se le añade, bajo el prisma de la específica práctica escritural del autor, tanto la actitud meditativa como la reflexión metapoética, todo venía dado para el surgimiento de El buen lugar. Porque estamos ante un ensayo cuyo asunto omnipresente es la poesía, desde la doble perspectiva de quien la escribe y quien la lee para sobrevivir entre quienes la ignoran y desprecian. Un muy hermoso ensayo no resuelto en capítulos de dilatada extensión sino en fragmentos de mediano o pequeño formato, se diría que hervidos al fuego lento del paciente fervor, y tal es sin duda la causa de que evoquen, con una intensidad insoslayable, los repetidos hallazgos de Basilio Sánchez en el terreno de la poesía propiamente dicha. El poso de las lecturas realizadas, las citas de los autores venerados, los frutos de las cavilaciones personales, los continuos reflejos tornasolados de una poética que no deja un solo segundo de generarse y regenerarse a sí misma, así como los detalles que traen a colación, muy oportunamente, no sólo la bibliografía particular sino también lo autobiográfico —experiencia pandémica incluida, y afrontada (bien sabido es) desde la trinchera del Hospital San Pedro de Alcántara de Cáceres—, coexisten en una escritura fragmentaria cuya ideación lleva en sí misma su secreta ilación, y que no pocas veces desemboca en una suerte de líricos aforismos sumamente inspirados (“Uno escribe un poema para reconciliarse con lo que desconoce, para no volver nunca a ser el mismo”; “La poesía es una prosa en la que empieza a nevar”).
A mi entender, dos rasgos más de El buen lugar merecen mencionarse con especial detenimiento. Por una parte, lo superfluo de los dogmatismos para una poética sabiamente inclusiva, y, al respecto, la adecuada valoración del surrealismo —como eventual herramienta de expresión en el contexto de un decir esencialmente mesurado— se me antoja de una encomiable honestidad: “Un surrealismo leve, de rostro humano, es la forma expresiva de una búsqueda sincera de nuestra naturaleza sustancial, en la que, a falta de certezas, el poema demanda el balbuceo y la imprecisión, la sustancia más leve de las cosas que se contemplan y se piensan”. Por otro lado, la postulación de la poesía no sólo como cobijo y refugio: también como compañía, sobre todo en lo que ello tiene de sostenido compromiso ético y de amor por las cosas sencillas que permanentemente encontramos en derredor; la postulación, en fin, de la palabra como lección de ciudadanía, en el marco de una sociedad —la nuestra— devorada por el consumo, y envilecida hasta el extremo de premiar a los canallas si su congénita maldad se halla al servicio del dinero y, por lo tanto, de los globales engranajes de la disipación y del poder (“Uno debe salir de la poesía persuadido de la honestidad y la humildad que el poeta ha sabido extraer de la experiencia de vivir. Reconociendo, por encima de las palabras, el fervor del que se siente responsable de lo que escribe y, sobre todo, y esto es lo más importante, de lo que hace”).
Basilio Sánchez nos recuerda, en este espléndido libro que es El buen lugar —libro para el cual resulta imprescindible una aproximación lectora atenta y reposada—: “La poesía es el arte de decir de la forma más exacta posible aquello que en su naturaleza misteriosa o esquiva se resiste a ser dicho”. Nos recuerda, por tanto, el vínculo estrechísimo -mas no siempre inextricable- de la poesía y lo inefable. Porque la poesía, nuestra amada poesía, es el centro germinador, la armonía secreta fundadora, la creadora sin tasa de la que provenimos. O como Basilio Sánchez deja escrito en su ensayo: “La masa madre del corazón”.
Después de escribir libros de poesía tan altos como Esperando las noticias del agua (2018) o He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes (Premio Fundación Loewe, 2019), el escritor extremeño Basilio Sánchez (Cáceres, 1958) nos ofrece con El buen lugar un libro que es a la vez compendio, síntesis y afirmación de su ideario estético. Estamos ante una poética, desde luego, y este es el asunto principal de estas páginas llenas de lucidez y hondura; pero esa poética va de la mano, desde siempre, de una ética, de una forma de ser y estar en el mundo, entre las cosas, con los demás y con uno mismo. El resultado es un credo vital que parte del tronco de la poesía –concebida como vocación que ilumina y da sentido a la existencia– para ramificarse y crear un espacio propicio a la reflexión especulativa, con no pocas viñetas y apartes autobiográficos.
Esta es una colección de fragmentos de extensión y naturaleza diversas que apuntan una y otra vez hacia un mismo horizonte: «el relato esencial de cada uno sólo pertenece al misterio de la poesía»; «uno aspira a una poesía en la que estén presentes los estremecimientos de una vida sencilla y las lealtades de una honda comunión con las cosas». Muchos de estos fragmentos son aforismos, ensayos de una definición que recurren a la potencia sugestiva de la imagen; otros podrían escandirse como breves y fulgurantes poemas («Es lo que hemos perdido / lo único que es nuestro para siempre. / No hay canto que no tenga / su raíz en el aire»). Otros tantos dan cuenta del aprendizaje literario de su autor –sus orígenes y lecciones familiares, sus primeras lecturas, los presuntos «desvaríos de la edad» como joven estudiante de medicina– o de las circunstancias concretas que animaron y rodearon la escritura de sus propios libros. El efecto cumulativo va creando una atmósfera persuasiva que no tardar en subyugar al lector, convertido en confidente: uno se encuentra a cada paso con líneas y pasajes que apetece subrayar y llevarse a la memoria. Y, como en todo buen libro de acarreo, abundan las citas, las anécdotas tomadas de otros libros, las puertas entreabiertas que Basilio Sánchez se anima a abrir del todo.
Este es un libro poblado por maestros: entre ellos, Lanza del Vasto, Jiménez Lozano, Simone Weil, Christian Bobin, Adam Zagajewski y su defensa del «fervor», pero también Mary Oliver, Louise Glück o María Zambrano. En todos ellos alienta una noción de la poesía como labor callada y paciente, práctica de humildad que sin embargo se atreve a sondear el enigma, el misterio de la existencia, y religarnos así con el todo, ese diálogo profundo y vinculante con las cosas que nos rodean por el cual empezamos a entender nuestro verdadero lugar en el mundo. De ahí la lección profunda de la naturaleza, frecuentada desde niño. A esta idea central se añaden las de apartamiento y soledad, de un margen furtivo que el creador transita con alegría silenciosa: «Los poetas no somos melancólicos, los poetas estamos obligados moralmente a fundar un secreto». La originalidad para él no es más que un fetiche espectral, un resto supersticioso legado por la vanguardia que se contrapone radicalmente a la búsqueda interior que debe ser toda creación: «Asumo que la poesía es una búsqueda solitaria y silenciosa de la verdad. Una verdad que, en lo que mí respecta, apenas se diferencia de la que uno persigue para su propia vida».
Difícil resumir una propuesta tan llena de vislumbres, incitaciones y pies para la reflexión. Una propuesta cuya convicción y coherencia la convierten en un testimonio de excepción –tan certero como luminoso– que el lector no tarda en sentir como propio.
Al final del poema hay una galería, un pasadizo. Mi lámpara de aceite desentraña los signos de sus muros, ilumina sus ramificaciones, los oscuros trayectos subterráneos a través de los cuales mis raíces, como animales ciegos, se aventuran en lo que desconocen.
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Los libros que he leído son un plato de sopa en las rodillas de un monje.
Los espirituales: una 'guía' de Basilio Sánchez - SALAMANCArtv AL DÍA - Noticias de Salamanca
https://ateneovirtualmirobrigense.blogspot.com/2025/06/los-espirituales-una-guia-de-basilio.html
A lo largo de la historia, desde los clásicos greco-latinos hasta hoy, han ido apareciendo libros, siempre muy significativos y personales, que podemos adscribir al género de la guía. Podríamos poner no pocos ejemplos de lo que decimos, desde Boecio hasta Maimónides, por no citar sino a dos autores de obras bien conocidas; o, en nuestra tradición, ya en el siglo XVII, Miguel de Molinos y su bellísima Guía espiritual.
María Zambrano decía que “la ‘Guía’ está enteramente polarizada hacia su destinatario; viene a ser como una carta, una carta y un mapa también, una carta de ruta para navegar entre un laberinto de escollos”.
Pues, bien, todo esto, y más es el reciente libro del médico y poeta cacereño Basilio Sánchez (1958), titulado El buen lugar (Valencia, Pre-Textos, 2025). Estamos ante un libro reflexivo, ante una suerte de meditación sobre la poesía y sobre la vida, sobre la propia labor tanto profesional, como existencial como creativa, así como sobre una serie de nombres, de escritores (y aquí el poeta traza una verdadera constelación de autores contemporáneos), que lo acompañan en su reflexión.
Hay una doble coordenada en la que nos sitúa el autor a la hora de ofrecernos esa guía, ese breviario de existir y de estar en el mundo, esa guía que es El buen lugar. Por una parte, un eje espacial (“el lugar en el que vivo –esta pequeña ciudad de Cáceres, inmersa en la naturaleza y enclavada todavía en la quietud del paisaje– continúa estando muy cerca de lo rural y de un modelo de sociedad en la que las relaciones humanas sólo pueden entenderse en el contexto de su entorno natural.”) y, por otra, un eje psíquico, anímico, creativo (“La poesía es una religión a la que nadie me obliga.”).
Y es este último eje, el de la reflexión en torno a la poesía, el que vertebra toda la obra. Estamos, sí, ante una auténtica meditatio en torno a la poesía y a lo poético. En torno a la poesía, traza el autor una verdadera constelación de signos. Es para él “una fórmula mágica que evoca lo sagrado”, al tiempo que “salva para nosotros todo aquello que, en su delicadeza, en su desprotegida lentitud, consigue devolvernos lo que somos.”
Dejamos apuntados únicamente dos posibles aspectos de lo que la poesía supone para el autor; pero es mucho más. El poeta nos va trazando un abanico de posibilidades en torno a la poesía y al hecho de poetizar (“La poesía como actitud, como toma de posición ante la vida es, sin duda, una forma de resistencia”; o también: “Aspiro a una escritura limpia, reposada y paciente” …).
Otra vía de reflexión, de un gran interés, por lo que supone de desvelarnos su propio proceso creativo, es la que abre y articula Basilio Sánchez en torno a no pocos de sus poemarios escritos y publicados. Dejamos apuntado este registro, significativo en la obra, porque nos arroja no poca luz sobre el proceso y los espacios creativos del poeta extremeño.
También es iluminadora esa cartografía que el autor va trazando sobre sus lecturas, sus autores predilectos, los mensajes que, a través de sus obras, le transmiten y, a través del poeta, nos transmiten a todos. Nos atrevemos a seleccionar algunos, porque, por su continua presencia en estas páginas, advertimos que son esenciales para el autor. Así, por ejemplo, los polacos Adam Zagajewski y Wislawa Szymborska (la autora del poema más hermoso que conocemos sobre el alma), José Jiménez Lozano, René Char, Albert Camus, Louise Glück, Roberto Juarroz, Raúl Zurita…, entre otros muchos.
Ese ‘buen lugar’ de que habla el poeta es la poesía, reivindicada a través de la imagen de la casa (“La casa, como refugio espiritual y poético y como un elemento permanente del paisaje interior en el que se sitúa el hombre que escribe”), esa casa sobre la que tan certeramente reflexionaran también Martin Heidegger o Gaston Bachelard. Porque tanto la poesía como la casa son protectoras también, son ámbitos de protección y, por ello, de sentido, nos otorgan sentido.
Todo lo indicado no son más que sugestiones de lectura de una guía espiritual fascinante: El buen lugar. Sí, una guía espiritual, de un escritor atento, de un escritor que sabe que la poesía verdadera surge de la vida y ha de estar aunada y vinculada con ella. Por eso revela y por eso ilumina.
Tengo dos amigos médicos poetas. Quiero vincularlos aquí: el aragonés Mariano Castro, sobre el que ya escribí hace unas pocas semanas, comentando su último libro de poemas; y el extremeño Basilio Sánchez.
Los atentos, los espirituales. Desde un plano retirado (no todo lo que existe se halla en un primer plano), están escribiendo, cada uno a su modo, una poesía verdadera.
Basilio Sánchez, con El buen lugar, se suma además ahora a esa hermosa tradición occidental de las guías. Ahora, en este presente tan incierto, que nos hacen tanta falta.
El doctor Basilio Sánchez ejerce de intensivista en el Hospital de Cáceres y protagonizó, aunque a él no le gustaría esa palabra, un reportaje de más de seis páginas de un dominical de un periódico nacional de gran difusión. Hablaba de la experiencia única que fue tratar en la UCI durante la pandemia a los enfermos, de discernir los niveles de gravedad, la angustia de no saber cómo sanar y de tener que comunicar a los familiares lo que ya todos sabemos de lo que comenzó hace ya un lustro.
No nos hemos olvidado de que estamos en páginas literarias. Solo que lo anterior viene a subrayar el empeño del poeta Basilio Sánchez que ya con su primer libro de poemas ‘A este lado del alba’ (1984) obtuvo un accésit del premio Adonáis de poesía. Otros once poemarios dan idea del empeño, sibilino como lo es un buen intensivista, que ha recibido el premio Extremadura de la Creación en 2007, el Tiflos y por resumir el recorrido vital como escritor, el premio Fundación Loewe de Poesía y el Nacional Menéndez Valdés en 2019 por uno de los mejores títulos que se han visto en librerías. ‘He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes’. Antes de que nos sepulten las novedades del otoño literario, había que dar aire al poemario que salió en primavera en la exquisita editorial Pre-Textos. ‘El buen lugar’ es el título de su último poemario que para los supersticiosos no contaremos qué número es entre los publicados. No contaremos, pero sí diremos que en realidad no es un poemario, podría denominarse un dietario, pero tampoco ese era el empeño. Es, sin boatos ni publicidad, uno de esos libros que se quedan grabados a fuego lento, cocción eterna y reposo calmo. Párrafos que ingresan en la parte posterior de la memoria y ahí anidan y vuelven al consciente como lo que son. Reflexiones de lucidez de lo que es absorber y sedimentar eso que llamamos vida.
Mejor que lo diga él, como empieza el libro, tampoco le gustaría la palabra arranca. “En la edición española de 1980 de ‘Cristo se paró en Eboli’ del turinés Carlo Levi, se incluye un prólogo escrito a su editor recordándole las circunstancias en que fue escrito el libro. Más tarde, tras la invasión alemana, confinado entre 1943 y 1944 en la Toscana, escribe. En una casa de Florencia, refugio frente a la muerte feroz que recorría las calles de la ciudad […] No había lugar para adornos, experimentos, literatura, sino solamente para la verdad real en las cosas y más allá de las cosas. Y para el amor, siempre truncado e indefenso pero capaz de sostener. La casa era un refugio y el libro una activa defensa que hacía imposible la muerte”. Las palabras de Levi hacen de espejo de lo que podría contar Basilio Sánchez de la muerte en pandemia. Ejercicio de modestia que anticipa lo que se encuentra en estas 226 páginas. Lucidez y tesoro para el que lo lea.
Una muestra, escogida al azar, que por casualidad lleva a otro grande discreto de la literatura española. “Como escribe José Jiménez Lozano, una mirada o una lectura hecha con amor y gratuidad son suficientes para salvar una pintura o una página, lo de menos es que sea hoy mismo o dentro de dos siglos. Y lo seguro es que quizás el pintor, o quien escribe, no van a saberlo nunca. Así es la novela de la historia humana de hermosa y enigmática”. Poco más se puede decir. Como todavía la temperatura acompaña, dejémonos mecer, ahora sí, por sus palabras de primera mano. “La poesía es una lámpara que brilla día y noche bajo la oscuridad de los iconos. La poesía no deja huella en la nieve”. Feliz regreso a casa, ayudará tener ‘El buen lugar’ del doctor poeta Sánchez, Basilio por nombre único.
A mi hija Mafalda, que es buena lectora, no le gusta demasiado la poesía, y uno de los motivos que alega cuando hablamos de ello es que no sabe cómo leer un libro de poemas, si hay que hacerlo del tirón, si hay que leerlo dos veces o si debe hacer una especie de pausa meditativa cada vez que acaba un poema, antes de seguir con el siguiente, y creo que, en cierto modo, no le falta razón, pues nadie, en realidad, nos enseña a leer poesía. De hecho, cuando, de pequeños, aprendemos a leer, el proceso es una especie de competición cuyas metas son la comprensión y la rapidez, es decir, conseguir recorrer deprisa un texto enterándonos de lo que quiere decir, y tal vez eso condicione, para los restos, nuestra forma de acercarnos a la lectura, empujándonos a leer rápido tratando de entender, objetivos que muchas veces nos apartan del disfrute, también de la prosa, pero de manera especial de la poesía, para la que nada convienen la rapidez y la obsesión por comprenderlo todo, pues más bien requiere lentitud y una cierta suspensión del juicio, en el sentido de abrirse a la posibilidad de que no todo tenga que pasar por el filtro de la razón. Empiezo contando todo esto a propósito de “El buen lugar”, el último libro del poeta Basilio Sánchez, publicado hace unos meses por la editorial Pre-Textos, un libro hermoso y distinto del que tengo la impresión de que es más fácil decir qué no es que tratar de describirlo en positivo, y, en el sentido de lo que he venido hablando, lo primero que diría acerca de él es que no conviene leerlo del tirón y que, de las otras posibilidades que apuntaba mi hija, yo optaría por leerlo al menos dos veces haciendo, además, pausas después de cada fragmento, pausas que prolongaría dejando al medio aire y tiempo suficiente para disfrutarlos, pues es uno de esos libros que requieren de una lectura lenta.
También podría decirles que no es poesía, pero que tampoco es del todo prosa ni esa otra variante a caballo entre las dos llamada prosa poética. Digamos que es una prosa llena de poesía, entendiendo poesía en el sentido más amplio, el que abarca desde el cuidado extremo por la palabra hasta la actitud, la manera de acercarse a la realidad, y que, en ese sentido, no se aleja demasiado, ni por el tono ni por el estilo ni por los temas, de la excelente poesía a la que su autor nos tiene tan acostumbrados. Y diría también ―esta vez en positivo― que el libro tiene algo de musical, por la sucesión de ritmos de sus fragmentos, que van del largo al moderato o, como mucho, en algún caso, al allegro, pero, sobre todo, por la existencia de temas que reaparecen una y otra vez confiriéndole unidad al conjunto, convirtiéndolo en una suerte de sinfonía que es un placer disfrutar de principio a fin.
Pero donde la cosa vuelve a complicarse es a la hora de establecer qué es o de qué trata exactamente el libro, porque yo diría que no es una poética, ni un ensayo sobre poesía, ni un tratado sobre el buen vivir, aunque, al mismo tiempo, contenga todo eso. Diría que, un poco al modo de las cajas chinas o de las muñecas rusas, El buen lugar es una suerte de ética, de afirmación de una cierta forma de enfrentarse al mundo, que a su vez contiene un ensayo sobre poesía, que a su vez contiene una poética, esa que no llega del todo a enunciar, pero que se deduce de todo lo que cuenta y que tiene como puntos cardinales ―entre otros― la lentitud, el silencio, la humildad, la atención a la pequeño, el cuidado por las cosas o el amor por la naturaleza y por lo humano, si es que realmente se puede diferenciar, temas todos ellos tan presentes en la obra poética del autor.
En definitiva, el de Basilio Sánchez es, como decía, un libro hermoso y distinto, empapado de poesía, narrado ―pues, aunque su protagonista sea la poesía, también hay en él mucho de buena narración, del arte de saber contar― con la voz modulada y cercana de su autor, un libro que conviene, además, leer con un lápiz a mano, pues está plagado de pasajes que querremos subrayar, pero también de referencias a pintores, poetas, narradores o ensayistas de los que nos van a entrar ganas de disfrutar, lo que lo convierte en un jardín de senderos que se bifurcan, en uno de esos libros que tienden al infinito por la ingente cantidad de lecturas y posibilidades de contemplación que nos sugieren, elementos todos ellos ―su hondo sentido poético, la calidad de la prosa, el pensamiento, la emoción, lo que tiene de invitación a la lectura y al disfrute― que lo convierten ―y se me viene a la cabeza el “¡Qué bien se está aquí!” que exclamaba, como salido del alma, el apóstol san Pedro en el célebre evangelio de la Transfiguración― en un buen lugar, en un remanso, en un vergel en el que querrán habitar, se lo aseguro, bastante tiempo.
El nuevo libro El buen lugar, del poeta extremeño Basilio Sánchez, confirma la vigencia de la poesía como refugio ético y estético. Una obra luminosa que dialoga con tradición, contemplación y la esencia misma de la palabra.
Dejó escrito el poeta ovetense Ángel González, Premio Príncipe de Asturias de las Letras y Reina Sofía de Poesía Hispanoamericana, en las páginas introductorias a su libro Poemas (selección personal) (Cátedra, 1980): «…sigo creyendo que la palabra poética, si logra alzarse hasta el nivel de la verdadera poesía, no es nunca inútil. Porque las palabras del poema configuran con especial intensidad ideas y emociones, o a veces incluso llegan a crearlas… Pero aun sin ambiciones de transformar al mundo, con la más modesta pretensión de clarificarlo (o de confundirlo) o simplemente de nombrarlo (o de borrarlo), la poesía confirma o modifica nuestra percepción de las cosas, lo que equivale, en cierto modo, a confirmar o modificar las cosas».
Este debate sobre la utilidad o inutilidad de la literatura, de la poesía y, en general, del saber humano, está recogido con brillantez en el libro La utilidad de lo inútil, de Nuccio Ordine, cuando, entre otras cosas, afirma: «Existen saberes que son fines por sí mismos y que —precisamente por su naturaleza gratuita y desinteresada, alejada de todo vínculo práctico y comercial— pueden ejercer un papel fundamental en el cultivo del espíritu y en el desarrollo civil y cultural de la humanidad. En este contexto, considero útil todo aquello que nos ayuda a hacernos mejores. Y en este sentido, no hay duda alguna de que la poesía nos hace mejores. Y añado lo que, de forma tan clara, nos legara Hölderlin en este verso: «Pero lo que permanece lo fundan los poetas (Was bleibet aber, stiften die Dichter)».
La permanencia del discurso poético está garantizada, y más aún con libros como el que hoy es objeto de este comentario, El buen lugar, del poeta extremeño Basilio Sánchez (Cáceres, 1958), cuya magnífica obra ocupa ya un lugar preeminente en el panorama de la literatura contemporánea española.
He de confesar que El buen lugar ha dejado en mí una huella imborrable: por su limpia escritura, por la penetrante expresión del pensamiento que habita en todas sus páginas, por sus continuas referencias a escritores que han influido en su manera de entender el mundo y por su esclarecida palabra. Que El buen lugar no es un libro cualquiera podrán comprobarlo todas aquellas personas que lo aborden, porque desde el principio y hasta el final los apresará de tal manera que difícilmente podrán abandonarlo; amén de que, una vez concluida su lectura, querrán volver a sus páginas para descubrir —tantas veces releamos— matices que pasaron desapercibidos antes.
Podríamos resumir su contenido en el sentido de que «es un libro que nos invita a seguir el itinerario vital y poético de Basilio Sánchez», con una prosa, además, brillante. Y así lo han reconocido, hasta ahora, escritores de la talla de:
Es seguro que llegarán otros comentarios a las redacciones de periódicos, revistas o suplementos de libros, pues la extraordinaria hechura de El buen lugar recorrerá todavía un largo camino entre lectores y críticos.
En mi humilde opinión, El buen lugar reúne dos elementos principales de toda obra literaria: el estético y el ético, sin los cuales el hecho escritural carece de sentido. El artificio desaparece y el poeta-ensayista se muestra en su total desnudez, ajeno a modas o círculos de poder; se refugia en la casa (lugar de meditación) y en su interior deja que acontezca la vida, expresión de la verdad, la suya y la del mundo que se expande ante sus ojos de hombre y de poeta.
Basilio Sánchez sabe bien del alma de las cosas sencillas y sus silencios, que en sus adentros fructifican llegada la noche o en clara alborada, y que son la esencia de su escritura. El elemento estético consigna a su palabra fulgor, luminiscencia, pura belleza; y el ético conforma y moldea su condición humana hasta límites insospechados. Ambos se complementan para crear, desde la contemplación, un nuevo universo, una realidad distinta: «La poesía es una forma humilde y respetuosa de acercarse a las cosas. No pretende agotarlas ni definirlas, sólo sobrevolarlas, quererlas y disfrutarlas. […] El aspecto contemplativo, que no es exclusivo de las religiones ni de la mística, es la esencia de la poesía: el conocimiento a través de la contemplación, de la mirada atenta e interiorizada de las cosas. Una aprehensión de la realidad que no busca ninguna contrapartida, salvo la de regocijarse con la simple presencia de lo que existe…».
La prosa contenida en El buen lugar nos redime del ruido actual y nos invita a alojarnos en «el lugar soñado», donde el silencio es «música callada», lo invisible y absoluto: «Admiro la belleza de las cosas que viven en silencio, que ellas mismas segregan el silencio con el que se rodean, que lo asumen como si fuera el aire que respiran, la condición profunda, sin orgullo, de su naturaleza. El silencio es hermoso como una hoja. El silencio es un ruido de semillas en la convalecencia de la nieve, un arranque invisible de las cosas que regresan al sol».
Existen, además, otros aspectos que hacen de este libro «el lugar ideal» para quedarse, para vivir serenamente los días, el tiempo necesario para descubrir que lo noble y bueno no pertenece al mundo materialista, sino al del espíritu, donde se almacena la verdad: la verdad literaria y vital de Basilio Sánchez a modo de diario, autobiografía que nos lega con la pasión de la experiencia, el conocimiento y la poesía desde todos los planos posibles.
Un recorrido que el lector no olvidará en mucho tiempo, como no olvidará este libro que acoge un pensamiento indisociable de los valores literarios más significativos: ética y estética. Poesía y prosa en estado puro.
Concluyo, y lo haré con el poema que ofrenda su autor al principio del libro y que guiará los pasos de los lectores hasta alcanzar ese «buen lugar» que todo ser humano idealiza o sueña, y al que Basilio Sánchez nos ha conducido magistralmente para revelarnos, con su escritura luminosa y mágica, su particular manera de entender el mundo, enraizado en la tierra y sus infinitos silencios:
Este es el buen lugar.
De esta tierra ha manado leche y agua.
de esta tierra
las hojas del manzano
extrajeron su pudor y su fuerza.
De esta tierra sacaron nuestros muertos
el rojo de las bayas,
el silencioso verde de los campos.
Marina Tsvietáyeva, para expresar la marginalidad y el rechazo que muy a menudo sufren unos y otros, escribió lapidaria que «todos los poetas son judíos» —quizá de vivir hoy hubiera cambiado judíos por palestinos o migrantes en cayuco—. A partir de ahí, Basilio Sánchez, apoyándose en Leonardo Padura, recuerda que, sin embargo, en el siglo XVII hubo en Europa una ciudad donde los judíos, siquiera provisionalmente y durante no mucho tiempo, pudieron encontrar refugio: Ámsterdam. Por eso, en su lengua, la llamaron Makom, que quiere decir 'el buen lugar', un sitio donde «sin apremios ni intimidaciones, la realización plena de la vida de cada uno puede ser posible». Así, Sánchez ha titulado Makom —tal vez, «un lugar inexistente», «tan solo, un estado esperanzado del alma que concede el consuelo a los poetas, a los abandonados en el desierto y a todos los judíos de la tierra»— al libro que leemos porque tiene a la poesía, no cabe duda, por «el más insensato de los reinos para los indefensos y los frágiles».
Olvidemos por ahora el adjetivo 'insensato' y hablemos de este libro extraordinario, «denso y luminoso», complejo, riquísimo y de lectura inacabable, aunque solo tenga 226 páginas. O sea, tratemos de explicar qué es El buen lugar. Si no fuera porque el subgénero literario que llamamos poética se ha vulgarizado hasta la trivialidad —en los últimos años se han difundido, aquí en la provincia, por lo menos cien— y la inmensa mayoría o están escritas con desgana o son de una simplicidad pueril, podríamos afirmar que El buen lugar es una poética. Una poética, eso sí, sui generis, compuesta mediante la acumulación de retales de procedencia diversa «como entrevistas, presentaciones de libros, cartas o comentarios a los envíos que generosamente he ido recibiendo de otros autores…»; estamos, en consecuencia, ante «un conjunto de textos azarosos y fragmentarios, sin demasiadas pretensiones». Solo en apariencia, me atrevo a afirmar, pues a partir de los textos originales ha tenido que haber por fuerza un proceso de selección —cuyos criterios ignoramos, no su propósito—, de rescritura o corrección y de ordenación —que podemos descubrir—, de modo que los fragmentos, azarosos en principio, han acabado por conformar un libro unitario. Hablando de la ordenación, pongo un ejemplo, evidente desde el principio: a los textos más largos —el más largo apenas supera las cuatro páginas— les suceden siempre textos breves o brevísimos —siete palabras el más breve— de carácter poético, muy bellos, que funcionan como epifonemas; y el libro concluye con tres de ellos, tres llaves que lo cierran provisionalmente, porque, una vez cerrado, levantamos la cabeza, nos quitamos las gafas, miramos a lo lejos, rumiamos lo leído y nos hacemos el propósito de volver a este manantial inagotable: tan inagotable como un buen poema, como un buen libro de poemas.
En cuanto al contenido del libro, ya hemos dicho que hay textos de varia naturaleza. Aparte los «epifonemas poéticos», destaco ahora aquellos que, por usar las palabras de Sánchez, configuran «su propia subjetividad, su propia perspectiva, su manera singular de mirar que él ha ido educando con su oficio, sus lecturas, sus relaciones personales y su negociación con la vida».
Oficio y lecturas, familia y origen constituyen, creo, los elementos principales de su «negociación con la vida». Basilio Sánchez es médico intensivista. A su trabajo —en especial a su trabajo durante la pandemia— dedica el libro bastante espacio y textos conmovedores. El lector, seguramente con razón, llega a la conclusión de que las tareas en el hospital, el trato con enfermos entre la vida y la muerte y con familiares necesitados de algún tipo de luz son esenciales para entenderlo como poeta y como ciudadano. Basta ensayar un inventario apresurado de ciertas palabras que se repiten a lo largo del libro y que tienen que ver con la fragilidad, la compasión, la incertidumbre, el respeto, el consuelo, el misterio, la modestia, etcétera. Respecto a las lecturas, si el libro tuviera índice onomástico, ocuparía varias páginas: de poetas, de filósofos, de escritores, muchos recurrentes y todos con características semejantes o complementarias. Llama la atención, no obstante, que, salvo fray Luis de León y san Juan de la Cruz, no mencione ningún poeta español anterior a Machado. Y la familia —el padre pintor, la madre aficionada a la música— y la ciudad y la región donde nació y reside, por cuanto hayan podido preservar unas formas de vida y unas relaciones con la naturaleza que son ya casi reliquia, también alcanzan enorme importancia.
De todo ello surge un hombre modesto, entregado a la profesión, amante de la naturaleza, de sólida reciedumbre moral y convicciones ideológicas que se dejan adivinar, aunque no se expongan explícitamente —salvo en el fragmento de las páginas 113 y 114—. Surge así mismo un poeta grande, pero humilde y frágil, que practica una poesía meditativa, hasta cierto punto celebratoria, metafísica, hermética hasta cierto punto, y que pretende servir como refugio y como salvación. O sea, el buen lugar y, en modo alguno, insensato.
Basilio Sánchez, en este ensayo con fragmentos, citas y reflexiones literarias que es 'El buen lugar', enriquece la manera de ver y leer el género
Un verso entresacado de un poema del propio Basilio Sánchez (Cáceres, 1958) da origen al título de este libro, “El buen lugar” y sirven, además, para enraizar la escritura con la propia naturaleza, un asunto este cuyo origen se remonta, como mínimo, a Aristóteles, autor, por cierto, citado en estas reflexiones, sobre todo por su “Poética”. Ya desde la primera página del libro, bajo el amparo de Carlo Levi, se da razón de esta equiparación entre el espacio físico y el acto de escribir. La casa y el libro, ambos objetos con una misma intención, la de ser parapeto contra las inclemencias del ser humano, contra lo fugaz, contra la muerte. A partir de aquí, se suceden las reflexiones sobre el acto creativo, sobre el poeta y el poema. Son tantas y de tan variado fundamento, que resulta imposible resumirlas, más allá de constatar la fidelidad de Sánchez al poema, concebido este como una forma de «desentrañar una realidad que se nos escapa» y de afirmar la identidad y los principios que la rigen: «Con los años ―escribe Basilio Sánchez― se termina aprendiendo que lo importante no es ser original, sino verdadero. Que lo sustancial es que lo que uno escriba sea lo que uno es y que el tono de su lenguaje se corresponda con su manera de ser y de vivir. Con la manera absolutamente personal que tiene cada poeta de pensar y de percibir, a través de sus sentidos, el mundo en el que vive». La cita es larga, pero expresa y resume el pensamiento del autor de manera contundente. Para apoyar ese pensamiento no duda Sánchez en recurrir a otros autores con citas literarias, con versos, frases o anécdotas que ha asimilado y adaptado a su saber, acentuando así un impulso de tácita complicidad que, sin embargo, asume un riesgo que compartimos, el de que algunos lectores no estén lo suficientemente familiarizados con la obra aludida, complicando la comunicación de las emociones: «Los textos que reúno en estas páginas, las palabras que a lo largo de los años he ido recogiendo de los autores que me gustan y ahora traigo hasta aquí, consiguen conformar, en cierto modo, ese túnel particular del que nos habla Barnes por boca de su personaje». Los fragmentos, que carecen de datación y dan así la sensación de un continuum reflexivo, aunque existan ideas sobre las que se incide recurrentemente, hasta el punto de que, en algunas ocasiones, las perspectivas desde las que se abordan algunas de ellas llegan a ser, si no opuestas, sí contradictorias. Este aspecto, para este lector, contribuye aún más a profundizar en este libro porque no tiene desperdicio. Podrá uno estar o no de acuerdo con las «tesis» que en él se defienden, pero lo que resulta indudable es que su lectura enriquece la manera de ver y leer la poesía.
Además, si hay quien piensa que la heterogeneidad es una desventaja, nosotros pensamos lo contrario, la diversidad es una virtud de la que sacamos partido todos aquellos que buscamos no unas líneas maestras de pensamiento poético ya prefijadas, sino un sustrato común desde el que levantar un edificio poético personal. «La escritura, en su verdad, nace del vacío de lo que no se puede decir y conduce hasta el vacío de todo lo que se queda por decir. Por eso no es difícil que los poemas consigan trasladarnos la inseguridad con la que el poeta los escribe, ese extravío esencial ante las palabras que constituye el punto de partida ―y casi siempre, también, el punto de llegada― de la escritura poética», dice Basilio Sánchez. Los poemas que prefiere el autor son los que ensalzan lo humilde, los que exploran la condición humana desde un planteamiento humanista, como queda patente en sus reflexiones durante la pandemia. Tras los duros momentos sufridos en primera línea, asistiendo con profesionalidad, pero también con humanidad, al dolor ajeno, solo la paz interior permite que el pensamiento y la emoción se transformen en poemas. El poeta no puede aislarse en medio de la frenética actividad a la que debió hacer frente. La construcción de su mundo imaginativo es posterior ―no está de más recordar a tal efecto a Wordsworth―, aunque no menos efectivo, porque los efectos de la lucha con la realidad tardan mucho en disiparse. Simone Weil afirmaba que la atención es una forma de oración, lo que nos conduce a pensar que también el poema lo sea porque escribir no es solo un acto creativo, es también un acto trascendente, porque, como escribió el poeta norteamericano Robert Hass, toda palabra es una elegía. La palabra, al fin y al cabo, es capaz, como afirma Zagajewski en este fragmento recogido por Basilio Sánchez, de «transformar el dolor y el sufrimiento en belleza» y en esa tarea, la de regresar al jardín, a la contemplación del mundo desde un espacio diáfano e incontaminado se aventuran cada una de las reflexiones de este imprescindible libro.
La unanimidad que suele darse entre los lectores de Basilio Sánchez con casi todos sus libros poéticos ha sido más rotunda y entusiasta con este último, un libro poético en prosa de ensayo diarístico (sic) como El buen lugar (Valencia, Pre-Textos, 2025). El escritor Fernando Aramburu escribió en ABC Cultural: «No le cae a uno en las manos todos los días un libro tan rico en reflexiones lúcidas, a la vez tan claro de lectura y tan ameno». La poeta y artista plástica Julia Otxoa puso en el muro de Facebook de Jordi Doce: «Es el mejor libro de pensamientos poéticos que he leído nunca»; y el mismo Jordi Doce, en su reseña de El Cultural de junio del año pasado, calificó esta obra de Basilio como una «propuesta cuya convicción y coherencia la convierten en un testimonio de excepción —tan certero como luminoso— que el lector no tarda en sentir como propio.». «Una guía espiritual fascinante» es para el poeta José Luis Puerto. Para el placentino Juan Ramón Santos, El buen lugar es «una suerte de ética, de afirmación de una cierta forma de enfrentarse al mundo», y un vergel en el que los lectores querrán habitar bastante tiempo. «Es, sin boatos ni publicidad, uno de esos libros que se quedan grabados a fuego lento, cocción eterna y reposo calmo», escribió Pedro Bosquet en el Heraldo de Aragón el pasado septiembre. Enrique García Fuentes, en las páginas del diario Hoy, calificó en octubre El buen lugar como «un libro de por vida, al que volver y del que aprender continuamente; que no se agota en su lectura». Finalmente, podría sumar a estas opiniones las numerosas, y todas en la misma dirección encomiástica, de las lectoras y lectores con quienes he comentado la experiencia de haber leído o estar leyendo El buen lugar desde que comenzó a difundirse en mayo de 2025. Yo puedo añadir que es un libro de una claridad y de una profundidad deslumbrantes, que personalmente me sirve para comprender mejor toda la escritura de Basilio y también a la persona que es Basilio Sánchez, que me favorece con su amistad. Así que El buen lugar también tiene esa función benéfica para quienes lo leemos: es una ayuda para cuando nos faltan palabras, es amparo frente a la desolación, protección en la intemperie y cobijo en el desvalimiento. Es un ejemplo muy válido para responder a aquellos que nos preguntan para qué sirve la literatura. El carácter aparentemente misceláneo de El buen lugar como «ensayo en fragmentos, rosario de citas y reflexiones literarias» —dice un texto promocional de la editorial que se ha llevado a la cartulina marcapáginas— puede estimular una lectura que suele hacerse en este tipo de obras: una lectura no lineal, discontinua, sincopada y a saltos, persuadida de que encontrará en cada fragmento un hallazgo feliz, un motivo para el goce estético y la reflexión. Es verdad, aunque no estamos ante un libro de aforismos cuya ordenación suele desviarse de una lógica, y habrá lectores que abran el volumen por sitios distantes porque entienden que la propia naturaleza de un ensayo en fragmentos les invita a hacerlo. Yo no lo veo así en El buen lugar, que me parece que tiene una estructura no visible, una disposición sin marcas mayores, y, por supuesto, un principio, un desarrollo y un final con sentido. De este modo, debe ser leído sin saltos ni interrupciones, de principio a fin. En consonancia con una idea que Basilio Sánchez aplica a la poesía cuando dice —en la página 24 de El buen lugar— que su unidad de medida en poesía no es el verso, ni siquiera el poema, sino el libro. Estamos ante una sucesión de textos de muy variada extensión, pero mayoritariamente breves, sin más división que la que separa cada uno de los fragmentos o trozos, y que se indica por el espacio en blanco y una discreta y elegante estrellita como marca. La variedad formal está en la extraordinaria heterogeneidad de la extensión de sus fragmentos, que van desde una única línea —creo que «La poesía, la masa madre del corazón» (pág. 69), de siete palabras, es la unidad más pequeña de todo el conjunto— o dos líneas, pues hay varios textos de nueve, diez, trece palabras o poco más, hasta aquellos trozos que ocupan las dos páginas, que son pocos, y que superan las mil trescientas palabras —y están ubicados en el tramo final del libro (págs. 169-173 y 221-223). El reparto y cierto equilibrio de los textos según su extensión es uno de los criterios que organizan el contenido de la obra; de tal manera que los pecios más breves puntean la sucesión de segmentos de mayor extensión y operan como islotes o descansos en la lectura, que se detiene en ellos como en un foco que llama su atención: «La palabra que busco es un pez rojo que se esconde en el coral de una gruta» (pág. 31); «La última palabra del poema traza un puente en el aire» (pág. 35); «La escritura aprovisiona de migas los comederos de los pájaros» (pág. 41); «Un poema es un árbol cargado de limones cuya luz en la noche nadie ve» (pág. 66)... Son ejemplos que valdrían para sugerir esto que, por otro lado, es un rasgo que se ve en su poesía, y que fue reiterativo en El baile de los pájaros. Pero la lógica de El buen lugar va más allá, y cose la estructura de tal modo que las reflexiones exentas sobre la escritura se combinan con otros fragmentos que son lecturas de otros, hasta que surge un trozo en el que irrumpe en el discurso el yo del escritor, que recorre su obra poética, y del hombre, del médico que ejerció o del ciudadano que vive en Cáceres. Esto es así a lo largo de todo el libro, sin que se aprecie de una manera evidente, pero está. Es decir, hay un principio, un desarrollo y un final. Y esta conciencia del final, por ejemplo, se ve muy bien en un fragmento que ocupa las últimas páginas, a sabiendas de que estamos próximos a terminar: «Intento escribir un libro...», que es una cita de Pascal Quignard, pero luego añade «Intuyo que la mayoría de estos apuntes o notas han ido surgiendo poco a poco para hacerme pensar» (pág. 208). Es un trayecto que ha recorrido el escritor y que, una vez concluido, ahora, por ventura, nos brinda para disfrutar de una lectura encantada y provechosa.
Tiene Basilio Sánchez la habilidad de llevarnos de la mano en ese mundo a veces no hecho para todos y que, sin embargo, nos habla de todos: la poesía. Y cuando lo hace, exhibe igual oficio tanto si trata de seducirnos con un poema como si nos habla de él. Quien le conoce en persona, sabe que su voz es la misma para el verso que para hablar de este. “La poesía es una extensión natural de nuestro temperamento”. El buen lugar, libro que ha visto la luz recientemente en Pre-Textos, es una compilación de poéticas. Pero esas reflexiones en torno a la materia se diluyen en ocasiones para convertirse en la poesía misma. Con un bagaje indiscutible de lecturas y a través de ellas, el autor nos incita a reflexionar sobre la esencia misma del arte de las nueve musas griegas, sobre su razón o sobre la génesis del poema.
El libro alterna la meditación importada y la propia en una suerte de pregunta/ respuesta en la que cada texto, autónomo, acaba relacionándose con el precedente. Una forma de oxigenación que nos muestra el carácter más filosófico o, si esto fuera mucho, de pensamiento literario, que quizá haya entregado el autor a la imprenta. Sin embargo, su densidad tiene la agradable contraprestación de los libros verdaderamente didácticos. Es decir, su lectura, si bien no es para todos, es accesible a cualquiera.
Sería inútil intentar resumir cada una de las entradas de este volumen. No obstante, sí pueden sacarse unas notas aglutinantes que nos hablan de la visión que el cacereño tiene de la poesía, de su significación personal y de su forma de afrontar la creación. “La poesía es una conversación a solas, un acercamiento compasivo y afectuoso a las cosas…”. Y es así porque para el autor, la poesía nace del silencio, de la mirada callada que intenta comprender el mundo y que se sirve de las palabras para ser explicado lo que de otra forma no sería posible. Lo hace, pues, a sabiendas de que esa comprensión siempre será parcial, ya que tiene esta creación en común con la filosofía su afán por estar continuamente preguntándose, y eso constituye su motivación final. “Se escribe para conocerse, pero, sobre todo, para reconocerse”. En este entorno, una de las mejores explicaciones que nos proporciona es aquella que reza “la pretensión de toda la poesía que he venido escribiendo a lo largo de los años es la de construir en medio de la intemperie que somos, un lugar de acogida, un territorio en el que podamos sentirnos confortados y desde el que podamos gozar y percibir mejor el mundo”.
La poesía nos hace humanos. Sirve para conformarnos y para entendernos, para hablar del otro o, mejor, para que el otro pueda descubrirse en lo que lee y que, siempre, termina hablando de él. Es ese eslabón que une a las personas y a las cosas de forma invisible uno de los sustentos principales del género: “La palabra poética es un vínculo, está donde una cosa se aproxima a la otra”.
Las enseñanzas que pueden extraerse de esta lectura resultan incontables. Pretendiéndolo o no, nos encontramos con una necesidad de comunicación, pero, además, con una sorpresa múltiple al ser este libro un verdadero compendio de sabiduría, que no olvida nunca la cercanía y la humildad en su propuesta. Así lo reconoce este poeta que cuenta ya con una extensísima obra: “Con los años se termina aprendiendo que lo importante no es ser original, sino verdadero”. Basilio Sánchez no solo es un poeta cabal en su poesía, sino también en su forma de comprenderla. La poesía no nace de un permanente intento de innovación, sino de buscar el primer átomo de las cosas, de la vida. Para ello, el puesto de observación, la atalaya de vanguardia, la cofa en el mástil principal de esta embarcación es el silencio. “El poema es un acto de absoluto silencio que es fruto de la suma, lograda en soledad, de un número infinito de pequeños silencios”.
Uno podría estar leyendo aleatoriamente los textos de El buen lugar cada día y no terminaría de aprender nunca. Y eso es exactamente la poesía, el intento de buscar lo que no deja hallarse. Así nos lo transmite el autor con el lenguaje claro y el término exacto que ha pulido a lo largo de su trayectoria y que parece resumirse en esta suma de conocimiento. “Construyo mi poesía en el vacío fragante de las cosas que aún no he conseguido nombrar con palabras”.
Para Basilio Sánchez, la humanidad, el contacto con las cosas y con la naturaleza, cierta espiritualidad no religiosa y el detalle permanente que brota de la observación son el cóctel de dónde nace una forma de ser ante el mundo y de hacer que este merezca la pena. Y eso sin tratar nunca de que el vehículo de expresión de esta voluntad, es decir, la poesía, deba perder su magia o su misterio en ningún momento para convertirse en algo vulgar o anodino. Solo desde cierta distancia, se puede transmitir este conocimiento: “No creo que sea necesario indagar en lo que quiso decirnos el poeta, lo importante es lo que el poema consigue decirnos a nosotros”.
Basilio Sánchez (Cáceres, 1958) publicó su primer libro en 1983. Le siguieron los agrupados, salvo ése, en Los bosques de la mirada y algunos más, entre ellos He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes, que obtuvo los premios Loewe y Meléndez Valdés de la crítica, y la antología Debajo de la nieve todo está por hacer. Sostiene que ni el verso ni el poema, que el libro es su “unidad de medida” en poesía.
Si por algo se caracteriza la obra poética de Sánchez es por su coherencia. Y por su honestidad, cabe matizar. Leyendo el segundo tomo de sus memorias, el poeta andaluz Jacobo Cortines decía algo a propósito de la pintora Carmen Laffón que se me antoja válido para estimar la trayectoria del cacereño. Bastaría con cambiar un nombre por otro y pintura por poesía. Quedaría, con el tácito permiso del autor de La edad ligera, así: “Humanismo como axiología, como escala de valores, que en Basilio Sánchez serían la verdad creativa, lejos de toda retórica de la corrupción, sentimentalista o preciosista; la conciencia crítica sobre su quehacer: esa continua exigencia, de un lado, y el rechazo de la autocomplacencia; la lucha por alcanzar la perfección deseada, con la asunción de sus dudas, riesgos y fracasos; la entrega a la obra por encima de cualquier tentación de gloria o beneficios económicos; la indagación en lo que le rodea para profundizar en sí misma y comunicar a los otros esos hallazgos, para que a su vez ellos se encuentren a sí mismos. Su poesía al servicio del hombre, teniéndolo siempre como eje”.
Esa coherencia y esa honestidad no se improvisan. Ni surgen por azar. Debe mediar la voluntad y la inteligencia. Lo demuestra la capacidad del médico y humanista no sólo para escribir verdadera poesía, sino también por ser capaz de revelar las ideas que sustentan su creación. Se refirió Octavio Paz a la imposibilidad del poeta moderno de no especular acerca de su oficio; de disociar los poemas que compone de la poética que los respalda, digamos. Eso es lo que pone de manifiesto este libro, donde resulta casi imposible distinguir entre teoría y práctica. No es la primera vez que Sánchez afronta el reto. Lo hizo en El cuenco de la mano y La creación del sentido, dos entregas que podrían pasar por poéticas: por el asunto del que se ocupan y por la escritura que las identifica. Esos fragmentos trazarían, según él, un “recorrido […] que conduce a la búsqueda del sentido e indaga en el origen del fervor”. De esa tarea, la de una vida, da cuenta este libro, que no deja de ser una suerte de autobiografía lírica.
El título procede de cómo denominaron los judíos del siglo XVII a la ciudad de Ámsterdam: Makom, “el buen lugar”, “un estado esperanzado del alma que concede el consuelo a los poetas, a los abandonados en el desierto y a todos los judíos de la tierra” (por lo que dijo Tsvietáieva).
Sirviéndose de “un decir fragmentario” con tono de diario o cuaderno de campo (“concibo la poesía como una suerte de diario en el que se registra la experiencia vital y espiritual del poeta a lo largo del tiempo de su escritura”) y de iluminaciones aforísticas, donde abundan numerosas citas que dan cuenta de su loable condición de lector con criterio (incluso de lo propio), Sánchez nos ofrece sus pensamientos (éste es un libro de meditaciones), su concepción de la poesía: su poética, pero también, y esto es novedoso, lo que el poeta es o representa. Una actitud ante la vida. Ya en los últimos libros de poesía (inseparables, insisto, de éste) había usado la metapoesía con la misma pericia, pudor y naturalidad que definen su manera de decir: “Yo creo que la poesía […] debería ser escrita […] sin adornos y sin experimentos, persiguiendo la verdad de las cosas como si en ese intento nos jugásemos nuestra supervivencia, alojándonos en la casa de las palabras con la íntima misión de que la naturaleza de los afectos termine por imponerse a la amenaza constante de la disgregación y de la muerte”. Como Zagajewski, aspira a una poesía “limpia, reposada y paciente”. Siguiendo a Walcott, afirma que “los mejores escritores vienen siempre de lo concreto, de lo preciso, de lo especifico, que alcanzar una voz universal en poesía deriva de la descripción de los orígenes de cada uno, de sus raíces intimas y geográficas. Y yo creo que es así, que es sólo sobre una geografía privado, casi doméstica, sobre la que el poeta consigue levantar, a la manera de los miniaturistas, con la humildad y la naturalidad del que busca un sentido a su escritura entre los seres y las cosas que comparten su existencia con él, su particular cosmogonía”. Pretende “construir, en medio de la intemperie de lo que somos, un lugar de acogida, un territorio en el que podamos sentirnos confortados y desde el que podamos gozar y percibir mejor el mundo”.
Resulta imposible incluir en una breve reseña lo que este libro contiene. A su modo, es interminable. Está concebido para ser leído con la misma lentitud que busca para sus versos. Su densidad así lo exige.
La ética y los otros, la melancolía, lo sagrado, la infancia, la pandemia, la mirada atenta y lo contemplativo, la tradición meditativa, la mística, las cosas, la claridad y la luz, el dolor, la imaginación, la naturaleza, el misterio, la realidad y la muerte (“mi trabajo diario convive con la muerte”) son algunos de sus temas.
“La poesía, dice, se reduce a algo tan sencillo ―y a la vez tan difícil― como nombrar”. “Me empeño en lo menudo”. Es “compañía”. Abundan las referencias al silencio y la soledad, a la simplicidad y al despojamiento, a la discreción y a lo doméstico, a la “media luz” (la luz de la poesía) y a quienes hablan, como él, en “voz baja”. Cree, en fin, que la poesía “es la forma más alta de quietud”.
Sánchez ―un hombre corriente y de provincias― escribe como es. Y “para ser”, como V. Ferreira. Por necesidad. Estas páginas inspiradas dan fe de lo lejos que pueden llegar las palabras pequeñas, humildes y concretas, las expresiones claras. A construir un mundo, lo esencial del poeta para Pound.